No quería quitarme el chándal. Pasaron cuatro horas. Mientras lo guardaba en el armario, me asaltó la melancolía. Pasó por mi cabeza un vídeo sin editar, caótico, de diferentes imágenes de la temporada. Miré, con una mirada de solemnidad, una mirada grave, el chándal colocado en la estantería.

Cuatro horas antes, acabó todo. Fue el último partido del año. Un empate de madurez, de resistir a la caldera que montó el sol despiadadamente. Llegué a casa después de tomarme la cervezita de satisfacción en la barra del bar del estadio. Cerré lentamente el armario, y enterré el chándal de pana azul oscuro, con una raya roja en la comisura; el chándal de mister, hasta pronto o hasta nunca.

Porque se acabó. Terminó todo. Cerrado por vacaciones. Hasta septiembre, o hasta nunca. Mi primer año de mister, o de tándem. Frank y yo. Yo y Frank. Pisando la línea de cal, al lado del banquillo. Gritando, chillando, explicando, viviendo entre nervios y enfados. Dirigiendo, recordando el entonces, enseñando a ser futbolistas y hombres a esos chiquillos. O chutando al aire, con garra, con fuerza, marcando aquél gol que no podíamos anotar nunca.

Sábados por la mañana. Frío de invierno. Rayos lánguidos de un sol tímido. La ciudad somnolienta. Frank y yo. ¿Quién juega hoy? Los chavalitos cambiándose. Uno se ha dejado los pantalones. Otro ha perdido la camiseta. Discurso. Explicamos una táctica que no comprenden. 22 ánimas indomables. Que juegan al fútbol porque les gusta. Y nosotros dos, luchando contra nuestro pasado. Queriendo amar este deporte, como cuando éramos niños, que jugábamos por jugar y por soñar.

Debemos transmitir esto. Y nos hacemos como ellos. Ilusionamos nuestro corazón. 4-4-2. Variantes. Descubrimientos, cambios tácticos. Cinco intocables. E ir cambiando, equilibrando el equipo. Muchos momentos divertidos, demasiados. Somos sus misters, sus papás en el campo.

Porque lo sé. Sé que los niños jamás habían ido a jugar con tanta ilusión a fútbol con nosotros. Nos lo dijo un padre. Y eso lo cerraré con llave en el cofre de los recuerdos imborrables. Entrenars, ser el capitán de la nave, fue una imposición. Pero ese matar el nuestro tiempo lo convertisteis en cariño y ternura e ilusión. Por veros jugar. Y comprobar cómo mejorabais.

Sonrío al recordar lo mucho que os costaba chutar más allá de tres metros el balón. Sonrío al recordar pequeñas anécdotas. ¿Qué es ser lateral?, nos preguntabais al inicio. Me quedo, y sonrío, con muchos recuerdos vividos, y los guardo, como quién guarda un amor, porque hay vivencias que nadie debe conocer para que sigan viviendo. Mejor así.

Observo en silencio profundo, como en un ritual fúnebre, el chándal de pana azul oscuro, con una raya lateral roja en la comisura. El chándal de mister descansa en el armario. Nunca envejecerá, nunca se arrugará. Y me recordará, cuando le plazca, lo que hemos vivido juntos, porque al final y como pasa siempre, se acabó. Gracias niños.


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