El buenazo y tontorrín de Forrest Gump repetía, a todo el que se sentaba a su lado en el banco de color blanco a esperar el bus, lo que le dijo un día su madre acerca de la vida. “La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocaaaar”. Enfatizaba y pronunciaba con la boca muy abierta la última sílaba, prolongándola en el espacio, como si tuviera miedo ante lo incierto y lo trágico.
La vida también se asemeja a una montaña rusa. Otras veces se convierte en una velada romántica, arropada por velas calurosas y amor en la mirada. Pero también es, a menudo, una tediosa película barata de serie B. O puede ser fantasmagórica y dolorosa, como esas noches en vela -la mala noche- en una mala posada de carretera solitaria.
La vida puede ser muchas cosas. Pero sobre todo, es bella. Bella porque puede alcanzar gigantes dosis de emoción en un partido de fútbol. La vida se puede resumir en noventa minutos. La vida, en la gran cita europea del año, será o no será el instante más mágico de felicidad. Una marca indeleble, que guiará nuestro rumbo vidal.
La vida fue, aquél 18 de mayo, el segundo asalto entre la ciudad de la moda y la ciudad de los escarabajos. En juego, un título. Pero también sed de venganza o la estocada final. 20.000 ingleses. 20.000 italianos. 40.000 vidas por escribir. 40.000 sueños por celebrar. 40.000 hombres peleando en la batalla de Atenas. La única arma, un balón redondo deseado por todos de jugar.
Europa volvió a sus orígenes. Una Atenas y una Grecia que quieren resurgir en este milenio recobrando su identidad olímpica y deportiva. Y la vieja capital del continente, lugar donde nació la civilización, ascendió a los olimpos a sus herederos. En el año de la defunción de su fútbol, Italia se ha cachondeado de todos a su manera. Campeones del Mundo. Campeones de Europa. La envidia del mundo entero.
Cerca del Acrópolis, en el modernísimo Ágora del Estadio Olímpico ateniense, tenía el pueblo puestas sus miradas y su vida. Hubo un campeón, pero el fútbol no recuperó su altanería ni su belleza. Hubo un campeón, pero el fútbol perdió un poco más su coquetería. Hubo un campeón, pero el fútbol perdió su encanto. Hubo un campeón, pero el fútbol aburrió más que el discurso de un político.
La final apenas nos regaló algún destello de calidad. Dos”roulettes” a lo mago francés; una al modo Kakiano y otra, al estilo vasco. Lo mejor, un pase mágico, de jugador visionario. Un toque sutil de Kaká en el espacio, que birló y rompió a pedazos la ordenadísima retaguardia inglesa para dejar a Inzaghi solo ante Reina, y marcar, ahora sí, un gol de verdad, un gol de final, un gol soñado.
El gol que abrió la lata y dio salsa al juego resume el nivel desplegado por ambos. Sólo lo podía marcar él, el único delantero que no se cohíbe para anotar ese tipo de goles que hasta da vergüenza ser el autor; incluso saca su gallardía al marcarlos así, de rebote. Sacrificó su espalda, el dolor que sintió, a cambio del éxtasis del gol. Guste o no, a efectos prácticos, todos los goles valen lo mismo.
El Pipo, ese delgaducho delantero, que se parece al tenista Nadal hasta con sus muñequeras, ese niño listo y pillo de la clase, soñó la noche antes que marcaría un gol de la forma más pueril y absurda. Este pescador de balones, este nómada del área resurgió del ostracismo con una diana de patio de colegio. La noche anterior soñó su gol y sabía que era la única forma de romper las telarañas de la red.
El Liverpool lo intentó todo. Marcó el ritmo y dominó. Pero no jugaban en Anfield. La poción mágica del “You’ll Never Walk Alone” no provocó el milagro. Y al Milán le bastó con estar allí, aguantar, esperar y dejar correr el tiempo.
Demasiado poco talento mostrado para ser la envidia de todo el continente por séptima vez en su historia y para que Paolo Maldini levantara feliz e ingenuamente, como un pequeño, por quinta vez en su vida, esa copa plateada, brillante y de asas como orejas de elefante.



muy bueno, Jaume, eres un artista (que convierte en arte algo mundano como es el futbol). Me alegro de que vuelvas a las andadas literarias. Interesante lo acontecido en el Reyno de Navarra el pasado domingo. Nafarroa Bai nos comió terreno en las urnas, pero los rojos callaron la boca a los abertzales del estadio. La Real, aunque me pese por ser el equipo de mi madre, se va a segunda.
Gracias Miren!!! Creo que te “pasas” con tus alabanzas…
Y ¡Qué alegría volverte a ver por aquí!!
Navarra está que trina…política y futbolísticamente…
Es curioso lo que pasó en el Reyno–que por cierto, creo que no te lo dije, pero estuve viendo el Osasuna-Zaragoza– la gente silvando los goles del equipo!!! Qué raro debe ser por los jugadores…Y la Real se nos va… como mi querido Nàsitc
Un beso y espero volver a leer tus opiniones!!