UNA TARDE DE PRIMAVERA

Paseando por la ciudad, mientras miraba tímidamente el crepúsculo, le susurró:

- ¿Nos enamoramos?

- ¡Sí, sí! Nos enamoramos…

Y antes de terminar la frase ya se arrepentía de su ilusionada afirmación, pensando en el fin de las excitantes tardes de domingo en invierno, en las que se encerraba solo en la habitación, enganchando su oreja izquierda al aparato de radio, esperando nerviosamente la llegada del gol y del triunfo para creerse el hombre más feliz del mundo.

CAPRICHOS

Hastiada de su antigua resignación a recibir balonazos, aquella noche, la más importante, la que debía coronar al campeón; decidió, caprichosa, burlarse de las piernas de los maratonianos perdidos por la cancha.

Así fue que en el penal decisivo, mientras atravesaba el aire a gran velocidad, y antes de verse liada en la telaraña, se fue deshinchando poco a poco, hasta caer verticalmente, muerta, en la misma línea de gol.  

LÁGRIMAS

Minutos después del silbatazo final, la ciudad se lanzó a la calle. Ondeaban en el cielo orgullosas las banderas, que refrescaban con sus movimientos a las estrellas. Los hinchas se besaban en besos de lágrimas.

A la vez, en una habitación perdida en medio de la fiesta, una pluma de poeta garabateaba palabras, hilvanando un texto que suspiraba por expresar lo inefable de las emociones del triunfo.

El poeta del balón lloraba. De rabia, no como sus compatriotas. Maullaba impotencia, incapaz de sugerir la cáscara de belleza que descubrió durante el encuentro, después de tantos años persiguiéndola en medio de tanta negrura.

RESUMEN DE PELÍCULA

El árbitro señaló la pena máxima y Godot disparó fuerte y seco. El balón salió disparado como un perro rabioso y fue alejándose, en su trayectoria, de las manoplas del arquero hasta que chocó contra el travesaño, con tan mala fortuna que lo rebotó en efecto boomerang hacia el aire, una ilusión de libertad que el balón aprovechó para hacer filigranas, hasta que aterrizó en el círculo central, concluyendo así un partido que debía corroborar al equipo más derrotado.

Groucho rabió en la sala de prensa cuando le preguntaron sobre el penal. Su alma montaba en cólera pero se contuvo y comentó melancólico: “si no lo pita, seguro que pegamos al árbitro y todo”. Ante otra pregunta impertinente sobre el juego vacilante del equipo, respondió irónico que “la segunda parte fue mejor que la primera”.

Como chismorreo de revista sin escrúpulos, comentó que para celebrar el fin del campeonato, los jugadores se apiñaron en el vestuario, donde no cabían ni dos huevos duros más. Cuestionado como entrenador, afirmó tajante, “¿Por qué preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”. Finalmente, Groucho, que también se ganaba la vida entre bastidores y decorados hollywoodienses, aseveró que su equipo, capitaneado por Godot, “había partido de la nada para alcanzar las más altas cimas de la miseria”.


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