La quiniela
La ciudad desperdiciaba sus últimas horas de descanso. Era domingo, media tarde. En el cielo gris, de nubes delgadas y diluidas, sólo volaban el combustible negro de los motores y el ruido de los frenazos y de los cláxones. Olía a calor y apestaba a aire caliente, como la sopa que se enfría lentamente en el puchero.
El viejo estaba sentado en un banco de madera al lado de una triste y desorientada palmera, en una pequeña isla entre el cruce de varias calles. El banco de madera, resplandeciente por el barniz, simbolizaba el gran drama de la humanidad: solitario y personal. Parecía arrojado a la existencia de la ciudad sin orden ni armonía, como un grano de arena en el desierto.
Ignorante de lo que ocurría dos metros más allá, el viejo, encorvado, agarraba fuertemente con la mano un papel blanco, azul y rosa, lleno de cruces sin sentido, garabateadas una debajo de la otra, en diferente colocación. 1,X,2; X,1,2; 2,X,1… Un auricular se aguantaba en las arrugas de su oreja. Con la otra mano, sostenía el parlanchín de cabina de fútbol.
Los partidos concluían, y aquellas cruces recobraban un significado. Surgían de la oscuridad para iluminar la vida o desaparecer con la noche. Los ojos cansados y tristes, fantasmagóricos durante la semana, renacían de esplendor la tarde de los domingos. El viejo suspiraba por el pleno al quince. No por el dinero, sino por el orgullo de vencer, después de muchos tiempo, a la vida.
Un minuto más abajo, otro viejo subía el paseo con su mujer y su amante. Andaban a paso rápido, y la radio que agarraba dolorosamente con su mano, desprendía una voz entrecortada, de medio ambiente, que narraba la épica del campo. Su mujer, silenciosa y complaciente, ya sabía que era domingo, y que por la tarde pasaban esas cosas.
Tres minutos más abajo de la plaza, un barrendero, con uniforme verde y chaleco amarilleado chillón y hortera, barría de suciedad un palmo insignificante de calle. Con su escoba de bruja, quitaba la mierda de su equipo, que estaba a punto de empezar su partido, su viaje hacia las amarguras de la miseria. Perezoso, después de dos escobadas, se paraba, y gritaba con voz de pobre, el himno azulgrana, como si fuera una marcha fúnebre.
Los transeúntes lo escuchaban avergonzados, pero no existe la vergüenza para alguien que debe currar en domingo por la tarde.



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