Risas entre la pólvora
Esta liga parece imaginada por un escritor mediocre de novelas detectivescas. Su método, que cree original y exitoso, bebe de las fuentes del aburrimiento tedioso y mortal con centenares de páginas y páginas plúmbeas, para desembocar, finalmente, en un final trepidante que derrocha muchísimas emociones de taquicardias en el corazón del sufrido lector.
Un cambio de ritmo brusco, como una lluvia veraniega, para impresionar al lector y malherir, de esta forma, su estoico corazón. Esa es la técnica narrativa usada, que no engaña ni a los más ignorantes. La liga, ese largo, monótono y pedrajoso camino hacia la cima, se resiste a morir sin pena ni gloria. Busca un final sorprendente e inesperado. Como todos los escritores de trhillers bestsellerianos, desea impactar. Un recurso desesperado antes que el viento arrastre hacia la soledad del desierto lo que ha deparado el campeonato.
Esta liga, que ya toca a su fin, está navegando a la deriva. Algunas esquadras, las del fondo del pozo negrísimo, empiezan a naufragar. Otras, irremediablemente, descubren el horror de no haber cimentado fuertemente su nave. Los más, se deslizan por aguas mansas y sin peligros. Otros, siguen y siguen estancados en aguas muertas, un año más. Y los más veloces, los punteros, miden sus fuerzas en un sprint por mares tumultosos y ondeantes.
Ahora, el error es pecado mortal, muerte entre miserias. Y todos rezan, por si acaso, a la rueda de la diosa fortuna. Cuestión de vida o muerte, de un gol o una parada sublime. El guionista de esta batalla decisiva pide un triunfador. El botín, convertirse en el mejor de los peores equipos del país.
Una liga que desemboca precipitadamente hacia el gran mar de la historia futbolística del país. Un campeonato que a pesar de esas dosis de emoción que nos brinda ahora, se enterrará en el olvido más rápidamente que un romance de juventud.
Delfines y tiburones acompañan, expectantes, a los protagonistas de esta novela marítima escrita por un imitador de Patrick O’Brien. Es una paz armada. Una guerra fría, alimentada por y desde plumas malolientes, trajes deshilachados y sonrisas cínicas que aclaman y defienden lo que les interesa.
Se enseñan los cuchillos. Se propaga la derrota del rival. Se apela a la desestabilización emocional. Huele a masacre y odio. Parece que todo vale para ser campeón. En estos tiempos tan enarecidos, donde vuele a pólvora y metralla entre las capitales, es realmente admirable la actitud de ciertos personajes secundarios, denostados al ostracismo.
Santi Ezquerro, ese riojano con posado serio, es una pieza clave de este Barcelona. Sereno, tímido y bonachón, apenas juega pero tiene el memorable mérito de que sus compañeros jueguen más a gusto, más alegres. Aporta lo intangible a la plantilla: humor, cachondeo, compañerismo, discreción, seriedad cuando toca y más humor.
Por eso, mientras saltan chispas continuas de la capital con la intención de desestabilizar el navío azulgrana, Ezquerro nos brindó carcajadas cuando empezó a imitar a Doña Rogelia y su ¡mandeeee…! en medio de la rueda de prensa que daba su compañero Jorquera. Santi, ese calhorriano que se toma a coña la inminente batalla final por no llorar, consigue, con su graciego y humor algo vital, aunque apenas se sepa.
Y encima, tuvo la chiripa de no convertirse ayer en un puchineli en manos del Getafe. A Jorquera, el mejor ayer, sus compañeros le jodieron una final de Copa por cuatro duros, tres cubatas, mucho orgullo que defienden todos sus intereses particulares menos aquél que les ha hecho famosos: el escudo que llevan estampado en el corazón. Santi no fue ni convocado y hoy puede salir a la calle con la cabeza bien alta.
Sus amigos de vestuario lo saben. Y por eso lo quieren. Ezquerro, con esa dosis de humor encomiable, ha conseguido conquistar la primera trinchera de una guerra iniciada, vilmente, por unos mediocres y cobardes cuya estrategia desesperada busca hostigar y calumniar, impotentes por conseguir aquello que antaño se llamaba talento y clase.



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