Celebración
Pronto comenzaría una nueva jornada. Un día diferente. En la casa reinaba un silencio misterioso, sólo roto por el ritmo anárquico de los ronquidos. Sin ninguna explicación racional, el bullicio de cada noche se esfumó. Todos dormían excepto el padre y uno de sus hijos, que desafiaba al sueño para celebrar su cumpleaños.
El hijo leía el último libro recién publicado de uno de sus escritores predilectos, en el sofá de la sala de estar. Le quedaban algo más de cincuenta páginas. Le acompañaban en su lectura un paquete de tabaco con menos de cinco cigarros, una cerveza barata, un bolígrafo y una libreta para apuntar frases, ideas o pensamientos que le sugiriese su escritor. Mientras, su padre buceaba en asuntos de trabajo.
Una amiga le felicitó antes de tiempo con una breve llamada telefónica. Apenas tres minutos. Después, satisfecho, reanudó su lectura. Deseaba celebrar su día con su escritor. Disfrutar con él. Al cabo de una página, su mente paseó por el espacio y se paró en casa de su escritor. ¿Qué estaría haciendo?, ¿se imaginaba que él y su libro celebraban ahora mismo el cumpleaños de un joven en cualquier lugar del mundo?
Rápidamente, llegó el nuevo día. Fuera, todo seguía oscuro, silencioso. El padre, con los ojos medio cerrados, su pantalón de pijama de rayas, el dorso desnudo por el calor, se acercó a su hijo, y con voz pausada le besó en la mejilla.
-¡Felicidades chavalote!- dijo casi gritando el padre, con la ilusión de un niño.
-Gracias papá– respondió con una leve sonrisa. El libro seguía abierto y apoyado entre sus piernas.
Hablaron de banalidades mientras el hijo apuraba las últimas caladas del pitillo entre sorbo y sorbo de cerveza. Ya era un año mayor. Un joven que maduraba en el sosiego, lejos de intensas noches ruidosas, de luces, copas y bailes. Por fin, su padre, rendido de sueño, lo abandonó.
-Buenas noches papá, y gracias- dijo y después, prosiguió la celebración con su lectura.
Pero, mientras releía algunas frases buscando dónde se encontraba, un pensamiento angustioso lo apoderó por completo. Mañana por la mañana cuidaría más cariñosamente a su padre.
Aliviado y feliz, cerró despacio el libro. Bebió un par de sorbos más de cerveza y encendió el último cigarrillo del paquete. Con la otra mano, cogió el bolígrafo y escribió en su libreta algo que se parecía a un microrrelato: los primeros minutos del cumpleaños y un cómodo sofá y un maravilloso libro y un buen cigarrillo consumiéndose y una cerveza fría para refrescar la boca y la mente y la soledad. ¿ felicidad?
Luego se fue a dormir, imaginando el partido de la tarde con los amigos, en el que sería el rey de la cancha. Sonreía pensando en el triunfo. Iría con los mejores y jugarían para él, y marcaría muchos goles de delantero centro, de esos de empujar solamente el balón. Igual que el año pasado, igual que el próximo. También soñó en las felicitaciones que le profesarían sus padres, sus hermanos, sus primos, sus abuelos, sus amigos y amigas. ¿Y por qué no su escritor, en un mensaje por descifrar en las últimas páginas de su novela?
Ya deseaba que llegaran los rayos de sol anunciando el día diferente.



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