La madrugá
Durante breves instantes, menos de lo que tarda un niño en dormirse, estuvimos en el cielo, allá donde los relojes se convierten en preciosas reliquias del museo de los objetos olvidados, contemplados por las estrellas. Conocimos, durante breves instantes, el pedacito de cielo reservado a los andaluces.
Un año más, nadie dormía en Andalucía aquella noche. Era La madrugá, la madrugada del jueves santo al viernes santo, en la que las calles se llenan de pasos, nazarenos, vírgenes y penitentes. Una masa de gente, combatiendo el frío, contemplaba en el más respetuoso silencio, un silencio nacido de la devoción, aquél maravilloso espectáculo.
Conocimos el Paraíso cuando una voz entonaba una saeta. Hasta el tiempo se paró, anonadado, al escuchar aquella canción hilvanando sílabas que vivían en el aire. Olía a velas y a frío, pero aquel instante acaloraba nuestros corazones. Allí, en medio del ruido del silencio y el alma en movimiento, se nos reveló parte del misterio de todo. Era algo así como el vals de la alegría de la vida.
Era la madrugá, una experiencia inefable que acontece una sola vez al año, cuando en el cielo sólo se escuchan canciones de piedad y amor. La única noche en que los padres permiten a sus hijos con alma de poetas perseguir las palabras que huyen por las callejuelas oscuras; inválidas que cojean incapaces de sugerir los sentimientos que han florecido, como las rosas después de un arduo invierno.
Cuando irremediablemente, y a pesar de que la noche se esforzaba en no esfumarse, aparecía el nuevo día, aún notaba ese cosquilleo feliz de mi cuerpo bailando un sueño en medio de las estrellas. Mi corazón palpitaba dolorosamente, y yo era feliz bañándome en el manantial del éxtasis. Entonces entendí, por vez primera en mi vida, el por qué: el esfuerzo, la renuncia, el pánico, los miedos, la soledad, la incomprensión… arduas barreras hacia el ser hombre.
Entonces quise ser como ellos. Comprendí el momento de gloria, ese sentimiento de saber que eres tú; tú el que vive, que tu corazón rima armoniosamente con tu mente, que experimentan los deportistas cuando el cielo les regala esas emociones que guían su vida hacia la cima de la gloria humana, hacia a la perfección. Cuando, exhaustos, se sorprenden por la magnitud de lo que acaban de hacer, ante una muchedumbre que admira la proeza, la gestas de los deportistas subidos en el más alto de los peldaños del éxito.
Y lloran, y su boca sonriente abraza esas lágrimas que crecen en el corazón. Entendí que el deportista, ese héroe con alma de hierro, se derrite en pedazos de emoción cuando consigue lo que anhelaba y trasciende más allá de los árboles y el polvo, hacia un viaje indeleble por la alegría del triunfo.



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