Una llamada telefónica
El calor chorreaba en mi camisa de tela veraniega y rayas rojas. Tenía calambres en el brazo derecho; el peso del maletín, cargado de diarios y cosas del trabajo, me lo durmió, como si saliera de una operación. Cara seria, ojos cansados. Paso lento, trayecto largo hasta llegar a casa. Eran cerca de las siete y media de la tarde. No disfrutaba del paseo caluroso de la primera primavera, del espectáculo callejero de la gente sentada en las terrazas, hablando y bebiendo. Sólo quería morirme. Estaba cansado de vivir.
Y empezó a vibrar el móvil, cerca del corazón. Lo noté, cosa rara. Me llamaban. Mientras lo intentaba sacar del bolsillo, empecé a maldecir el mundo. Me salió la mala leche, esa mala leche que todos tenemos. Era un cabreo descomunal interior, que no se expresaba públicamente. Pensé que era una llamada de trabajo. Otra más. Y yo no quería ya. Había desconectado, porque si no, uno no puede vivir.
Era Javi. Me gusta que me llamen los amigos. Pero también me sabe mal, me jode. Gastan dinero. Y eso que habíamos hablado el día anterior: Reímos de su desgracia, de su invalidez. Dos días antes lo operaron. Le contesté como quién contesta una llamada de la operadora de telefónica, pero a los cinco segundos ya estaba yo metido de lleno en la charla.
Fueron algo más de tres minutos. Más que hablar, reímos. Reímos mucho, como la noche anterior. En un primer instante me asusté. Fobias del post operatorio. Pero no, me contó riéndose como un niño pequeño que había ido al Corte Inglés a comprarse “un flotador de Disney por sólo 2,50 euros para que no me duela cuando esté sentado”. Lo acaban de operar del trasero. Una operación sencilla, que, cuando nos conocimos, ya estaba pendiente.
Total, que está de baja y tiene todo el tiempo del mundo para leer. Pero hasta ayer, cuando su cabeza - su privilegiada mente- trajinó esa idea tan estrafalaria, no sabía cómo acomodarse para leer, y eso que había probado todas las posturas, pero ninguna le satisfacía por completo.
Después de reír, reflexionamos sobre la relatividad del tiempo. Resulta que quería aprovechar su vista a los grandes almacenes y comprarse, además un libro, porque “un trayecto que de normal me ocupa cinco minutos, estuve más de 20″. Le dije que así podía disfrutar, con su paso lento, de lo que le ocurre a su alrededor: de la gente que corre sin rumbo, de las bellezas de su ciudad… y me dio la razón. Me reconoció que ahora conoce con más detalle su querida ciudad.
Javi estaba en el Corte Inglés y quería comprarse algún libro para leer. Y recurrió a mí, como muchas veces. Ya se había terminado el de Pío Baroja, El árbol de la ciencia. Y quería algo más light, después de los últimos tomos tan existencialistas y pesimistas que se había tragado. “Mira una cosa -me dijo-, ¿Cómo era el título … fiebre en las gradas…la furia del fútbol o un hooligan en la grada… te acuerdas?”
Me dolió pero no pude ayudarle. Luego, me habló de uno de ciclismo. “¿Cuál de los dos te gustó más?” Su asesor literario, yo, le dije que el segundo. “¿Y cómo se titula?” Mi memoria esprinta y se olvida de todo trágicamente: “No sé… espera… ¿montañas de leyenda?”. “No me suena…” Le hablé de los autores, haciendo tiempo, hasta que… ¡eureka!, se hizo la luz, milagrosamente. “Javi, es Cumbres de leyenda”. “Sí, ya puede ser, me suena…” ” Sí es éste, no lo dudes… ¡no te defraudará! pero no lo confundas con Cumbres Borrascosas…”
Y luego más risas. Esta broma me la inventé al momento. Era mía, sólo mía. Así que yo soy responsable. Javi volvió a hablarme del libro de fútbol. Y yo, sin acordarme. Hasta que le dije, “Mira una cosa, léete Dios es redondo, de Juan Villoro, en Anagrama”. “¿De Juan qué…?” “Juan Villoro. Te gustará. No defrauda. De hecho, le dije a Caro que te lo regalase, pero creo que se ha olvidado…”.
Perdóname Caro, pero no pude resistirme. Siento haberte fastidiado un buen regalo. Una joya que Javi apreciaría, un acto de amor. Lo siento, pero me había atado la lengua demasiado tiempo… y creo que en esta ocasión, Javi -el convaleciente- necesita un buen libro sobre fútbol. Necesita disfrutar, sentir el placer de acariciar un libro literariamente hermoso sobre este deporte que adora.
Colgamos, y dejé que Javi comprase los libros que quisiera. Se fía de mí, de mis consejos, y de su olfato. Y yo, en la calle, empecé a escalar las montañas mágicas del Tour como un ciclista más, que busca ansioso la gloria y la épica de la mayor prueba ciclista del mundo, como cuando hice mientras leía los libros sobre ciclismo; y volví a pensar que en cierta medida, Dios está en el fútbol, y que muchas veces se nos revela como algo redondo.
Y es que una llamada telefónica de un amigo, una breve conversación, me devolvió la sonrisa que aquella fatigosa jornada laboral me había robado.



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