18 segundos. No necesitó más Dios para escuchar la plegaria del equipo y hacer feliz a toda una pequeña ciudad. Se acordó el Creador esta vez de un equipo diferente, pequeño. 18 segundos de invocación. Una oración sincera, emotiva, en el idioma más popular del baloncesto, el inglés americanizado.

En el túnel de vestuarios, momentos antes de saltar a la pista, arropados formando una sólida piña de gigantes y enanos, los jugadores de Akasvayu Girona pidieron en 18 segundos que fuera lo que Dios quisiera. Que se impusiera la lógica, el talento, que el diablo -con piel de serpiente ucraniana. Esta vez, Satanás mandó a su siervo Azovmash -no hiciera diabladuras, que todo fuera como debería ir, y que los nervios siguieran de vacaciones.

Pero no fue fácil. El equipo sufrió, sudó, tuvo que mortificarse y deambuló parte del partido en un purgatorio, procurando evitar el infierno del fracaso más estrepitoso. No fue el paseo de semis contra Estudiantes. Pero la catarsis tuvo su premio. Al final de los cuarenta minutos, que se alargan hasta la hora y media, el marcador era de 79-72. Purificados, el sabor del título fue más eterno. Y la copa brilló como la estrella que guiaba los reyes magos de Oriente.

15 abril de 2007. Girona, una de las ciudades más bellas del mundo, entra en el selecto club de los campeones europeos. Por fin. Un título europeo. Campeones. En Fontajau, una cancha media vacía y acostumbrada al silencio, un manantial para los rivales, hizo vibrar su sólida estructura cantando al unísono el We are the champions i l’Empordà, la mítica canción del grupo de rock Sopa de Cabra, de Girona, que canta las historia de un viejo loco que no tiene prisa por irse de estas tierras, a pesar de la tramuntana y las borracheras. A las 22.30, toda la ciudad tembló. Y Volvió a sonar l’Empordà, la canción del triunfo.

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Después de muchos años en la elite; primero, con el descenso en los talones y la agonía, y después, la desidia de un club que navega en zona de nadie de un callejón sin salida. Hasta que llega el dinero. Una inmobiliaria pone toda la carne en el asador. Ahora o nunca. Llegan estrellas NBA. Un fracaso que lleva al infierno. Pero los patrones cambian el timón. Menos cracks sin compromiso y más equipo. Y lo más importante, un gran entrenador. Un especialista en hacer equipos ganadores. Un luchador. Un sabio de este deporte. Un coleccionista de copas. Pesic, un hombre de pelo blanco, con cara de chiste, 57 años en su cuerpo, masticando chicle sin parar. Un ser que una semana antes de la Final Four se tomaba feliz una crepee de chocolate.

Girona, un pequeño reducto que intenta terminar con la hegemonía de los de siempre en el baloncesto español. Un equipo que ha hecho historia. Un equipo que ha ganado antes un título europeo que uno nacional. Una ciudad que ya puede decir, ufana, que son campeones de una competición internacional. FIBA CUP. Año 2007. Akasvayu Girona.

Sí, es la tercera competición europea en baloncesto. Pero había que ganarla. Y en un mundo en el que nadie te regala nada, hay que celebrar como niños todos los títulos. Pesic parecía un bebé, con la copa en la mano, como si fuera la primera que ganase en su historia. Pesic volvió a creer en los Reyes Magos. Pesic, todo un campeón de la Euroliga y el campeonato del mundo, celebraba el título más feliz que la madre que ve a su hijito de treinta años en el altar de la iglesia, dando el sí definitivo.

Felicidad expresaban las caras de toda la plantilla. Han sido 158 días de competición. Algo más de cinco meses con diecisiete partidos jugados. Una única derrota, la derrota del campeón. Infinidad de kilómetros en el aire, viendo las nubes. Horas interminables en aeropuertos. Viajes a Israel, Lituania, Estonia, Italia, y por dos veces a Grecia y Francia. Un día y medio tirados, encallados en el aeropuerto de Nuremberg, en el viaje frustrado por la ola de frío destino Siauliai.

Ese día Pesic quiso morir. Con el partido en el aire, quiso que sus hombres se entrenaran en un pabellón de colegio de la ciudad alemana, pero fue imposible. Quizá por primera vez en su historia, el yugoslavo tuvo que quedarse sin entrenar. Y nada de turismo. La plantilla ni olió el Parteón, ni Jerusalem ni las bellezas de las ciudades bálticas. Fue duro. Llegar, ir al pabellón. Entrenar. Presión. Jugar. Hostilidad. Ganar. Atender a la prensa. Ducha. Maletas hechas. Y vuelta a Girona, que esperaba la ACB.

Por todo eso compensó ver Fontajau lleno, entregado a su equipo. Por vez primera, una afición ruidosa, cantarina, orgullosa de sus colores, que salió de su habitual tedio y resignación. Una grada teñida de un rojo oscuro -los colores de la entidad-, animando y presionando al rival y a los árbitros. Una afición que estalló en júbilo con la copa. Una afición que puso la piel de gallina a todo un campeón del mundo como Marc Gasol.

Una afición que luego salió a la calle, y en medio de la oscuridad, siguió celebrando el título. Aquella noche, Girona y su gente por fin hicieron sonar el claxon de sus coches para celebrar un título de un equipo que defiende la ciudad. De su equipo. De una escuadra de Girona. Una afición que improvisó un lugar emblemático del Barri Vell de la población para reunirse allí y seguir la fiesta.

¿Quién sabe? Quizá La plaça Independència de la ciudad se convierte en la cibeles o el canaletes gerundense. Quizá rezando más de 18 segundos Dios seguirá escuchándonos y amándonos como su más querido hijo.

Me gasté un pastón en periódicos el día siguiente. Por primera vez, algo histórico, los diarios nacionales nos dedicaron una página entera, e incluso dos. Acostumbrado a recurrir a la prensa local, a los tres párrafos que nos dedican de normal los grandes del periodismo, fue un placer pasarme una hora enterita leyendo las crónicas de los nacionales, esas hechas por un corresponsal que sabe del tema, que la dirección se gasta un dinero para que una persona informe in situ, sin recurrir a las anodinas agencias, dando su toque personal. Yo, a pesar del cansancio, me deleitaba en mi habitación, tumbado en la cama, leyendo pausadamente esas crónicas bellas, literarias, que hacen de este oficio algo hermoso.

Los sueños, sueños son, que dijo el dramaturgo. Pero precisamente por ello, son gratis. Y quizá, con el tiempo, me mantenga yo joven como Middleton, y a base de paella y sangría - la poción mágica del jugador para seguir dando guerra bajo aros con cuarenta años -, pueda cantar L’Empordà, nuestro we are the champions para celebrar muchos títulos conseguidos por el equipo de una de las ciudades más bonitas del mundo.

 


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