Twan Roghmans ya conoce el cielo
Tic-tac, tic-tac, tic-tac… el tiempo corre como nunca. No se detiene. No se toma un respiro. No se relaja. …Tic-tac, tic-tac, tic-tac… 50 años han transcurrido más lentos, menos intensos de lo que ahora significa tiempo. …Tic-tac, tic-tac, tic-tac… el final está cada vez más cerca. No hay vuelta atrás. Sólo queda rendir cuentas con la vida. Abandonar el mundo con la cabeza bien alta, con el corazón palpitante de amor. Y, realizar estos sueños enterrados que sólo la muerte nos anima a cumplir.
El lunes por la tarde, en las instalaciones del Camp Nou. Allí está nervioso Twan Roghmans, un holandés cincuentón, delgado, pelo gris, con la mirada de un moribundo, de quién sabe que ya no forma parte del mundo de los vivos. Lo acompañan su mujer -la viuda- y su hijo -el huérfano- de 16 años. Y Como no, el moderno coro de la tragedia griega: catorce holandeses derramando lágrimas.
Y Ronaldinho está con ellos. Animado por el mister, deja el gimnasio, deja su preparación, deja su enfermedad, deja de lado el dinero, deja los rumores del traspaso. Deja toda la mierda que se vierte sobre él para abrazar al pobre Twan. Son apenas dos minutos: se cruzan palabras, se fotografían juntos y se abrazan con cariño, como si se conocieran de toda la vida. Ronnie, con este gesto, se ha hecho más humano, más ajeno a los intereses pérfidos de este mundo.
Twan Roghmans, enfermo de cáncer linfático, al que los médicos le han dado dos meses escasos de vida, podrá morir en paz. Ha cumplido su último sueño de esta vida: ir al Camp Nou, ver un partido del Barça y conocer en persona a Ronaldinho y a Rijkaard. Su compatriota se desvivió en detalles con él, como si fuera un joven que filtrea con la chica que le pone nervioso: conversaron largo tiempo (que relativo es el tiempo, a veces) y se fotografiaron. Una instintiva que Twan llevará en el bolsillo de su camisa de rayas cuando esté en el paraíso.
Ante tanta desgracia y sufrimiento, qué poco necesitamos los hombres para encontrar la felicidad. Y pequeños detalles -cuatro minutos de nuestra vida- pueden mover corazones, puede dibujar sonrisas que cambiarán, a pesar de todo, el mundo.
El fútbol es algo hermoso. El fútbol puede ser nuestro cielito aquí en la tierra. Y los jugadores y los cracks, con gestos de humanidad, pueden ser los ángeles que nos permiten ser felices, llorar, sonreír, y amar más apasionadamente este mundo.
Como le ocurrió a Twan Roghmans, que al conocer al Gaúcho, supo cómo es la felicidad que nos espera en el paraíso y qué sentiremos al hablar con los ángeles. Porque Twan ha estado en el cielo antes de tiempo.



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