No tenía yo pensado escribir este artículo. No me gusta opinar de temas controvertidos y polémicos, que no vislumbran solución alguna por la ceguera y las manías obsesivas de todos. No es mi estilo.
Así que no tenía yo pensado escribir este artículo. No entraba en mis planes más inmediatos. Ni lo imaginaba. Mi cabeza escribía y reescribía mil y una veces otros textos, rezagados en una olla en ebullición, deseando no caer en el olvido, no quemarse ni tener un gusto amargo, mediocre, vacuo, bluf.
Pero de repente, todo se detiene. Mi mente sólo piensa en lo ocurrido. Y… ¡zas!, irrumpe con una facilidad y una claridad asombrosa un artículo nuevo. Escribo y escribo en la imaginación, y las palabras no se escapan como presos condenados a cadena perpetua como es habitual, sino, ¡milagro! se quedan grabadas en la memoria como la fuerza y profundidad de las lanzas que matan el corazón de los guerreros.
Y es que el fútbol ha sido víctima, otra vez más, de sucesos escabrosos y amarillistas y polémicos y… que trascienden su esfera deportiva, pasional, de goles, de caños, de espectáculo y de felicidad. Otra vez más, por desgracia. Será que el balompié es una luz cegadora, un faro en la noche oscura, que muestra los males endémicos de esta sociedad: violencia, asesinatos, suciedad, robos, poderíos desmesurados, abusos, intereses egoístas y perversos, el dinero a cualquier precio…
Pero más grave es aún porque esos lamentables sucesos han ocurrido en el mundo de los pequeños. Nos empeñamos en hacerlos mayores demasiado pronto. Demasiado pronto los pervertimos. Demasiado pronto permitimos que pierdan la inocencia. Demasiado pronto queremos los mayores quitarles los sueños del vivir.
Los hechos: parecía imposible, pero llegó. Después de cuarenta días recordándolo, ante nosotros, ufana, elegante y hermosa, la Semana Santa. Tiempo de vacaciones. Momentos de orar, de sufrir, de contemplar; momentos de conocer, de desconectar, de reír. Y sobre todo, tiempo para disfrutar de lo que la vida nos brinda.
Una forma diferente de hacerlo son torneos de fútbol base con los futuros cracks. Una moda muy de moda en estos últimos años. Estas competiciones son la panacea de los chavales que un día sueñan en jugar en lo más alto. Su jardín del Edén, un escaparate para esos pequeños profesionales del fútbol que quieren huir de la rutina de sus ligas (siempre goleada tras goleada, siempre los mismos equipos, una ilusión por jugar que se merma con el tiempo), para enfrentarse a otras canteras potentes y recuperar así la magia por dar patadas a un balón.
En estos torneos está futuro. Allí aprecia uno que el fútbol no tiene solución. Allí, uno contempla que, ya desde la misma infancia, prevalece el miedo a perder, la táctica, el orden, la pizarra, las faltas, la pillería, las defensas… Allí, rara vez brilla la magia, los sueños, la improvisación, el toma y daca, el caos, la sorpresa, el espectáculo, la alegría. O el gol por el gol. O el jugar al juego de marcar uno más que el rival. Se Educa a las futuras promesas en el idioma de las máquinas, en la dictadura del físico, del orden, en la mediocridad y en el más absoluto tedio.
El Algarve, Portugal. Uno de esos torneos. Final de prebengamines. Valencia-Barcelona. La finalísima del mundialito. Los jugadores, unos mocosos de apenas siete años, lidiaban por primera vez en su vida, entre las sombras del fracaso y los llantos o la borrachera de la felicidad y el triunfo. Un primer contacto con la experiencia esa tan viva: los nervios apunto de un ataque de nervios, el corazón a mil por hora, los pelos de punta, la ilusión por marcar el gol de la victoria… levantar la copa, mostrando con orgullo el trofeo a la afición, que adora… felicidad y júbilo, griterío, serpentinas en el aire, tambores, abrazos…
La organización propone que suene el himno español mientras las escuadras saltan a la cancha. Pero sólo aparece la formación del Valencia y los colegiados. Minutos después, cuando ha concluido la Marcha real, salen las perlas azulgranas. Un espectáculo político, alejado de lo estrictamente futbolístico, completamente penoso y pérfido.
Mal por el Barça. Mal por las órdenes dadas desde arriba de no escuchar el himno. Y menos con peters pans, que apenas se dan cuenta de la camiseta que defienden y del escudo que viste su corazón. Mal porque no cuesta nada ser elegante. Mal porque las consecuencias del acto podían ser muy peligrosas. Mal porque el Barça es más que un club. Mal. Mal. ¿Dónde está el seny català? Mal porque el Barça juega el fútbol y no debe hacer política. Mal porque el Barça debe dedicarse únicamente a engrandecer su única patria: los trofeos del museo Joan Gamper.
Mal porque los prebenjamines del Barça saltaron más tarde al campo obedeciendo órdenes del club. Un club que luego lo niega, que luego se des-responsabiliza de la gestión de los prebenjamines, que se contradice, que quita balones fuera de una manera vil. Mal porque se piensan que somos bobos. Mal porque estos benditos angelitos fueron víctimas de unas tensiones absurdas, que ni les van ni les viene. Mal porque el Barça es més que un club, abierto a todos, y posturas como ésas, sólo tensionan la sempiterna confrontación de dos maneras de entender la vida.
Mal porque muchos culés de toda la vida no catalanes, empiezan a maldecir las decisiones políticas del club y se sienten excluidos, marginados. Mal por fomentar un odio gratuito. Mal porque el Barça, con actos así, sólo se gana enemigos entre sus amigos de toda la vida. (Muchos amigos de mi amigo Javi han dejado de sentirse culés, que él me lo contó indignado) y Mal porque no cumple con su vocación universal.
Así las cosas, déjenme decirles que la entonación del himno estaba fuera de lugar. Que toda la parafernalia previa al partido está muy bien en las grandes citas, pero no con mocosos. El himno es la canción que une todo un país, obviando sus diferencias y rifirrafes, cuando se está jugando algo serio. Un himno es algo sagrado, es nuestra patria personal, y no debe sonar en cualquier sitio. Pierde así su fuerza, su garra, su magia y su belleza. Se profana.
Mal pues, porque los chavales del Valencia parecían payasos escuchando una canción diferente a una nana. Daba risa, pena sobre todo, verlos allí, como si estuvieran preparados en fila para ir a comer, mirándose el escudo, tapándose los ojos del brillo del sol… pocos se enteraban de lo que pasaba. Otros, miraban extrañados el escudo grabado en su camiseta, con cara sorprendida, intentando descifrar, quizá, el simbolismo que conlleva.
Mal porque está mal. Mal también por las personas que han dado bombo a este incidente. Mal por hacer de él un argumento pasional, otro más para cargar contra unos y otros, para fomentar la incomprensión, el rencor, y una guerra peligrosa de odio. Mal… mal porque los niños sólo querían correr detrás del balón, situarse muy cerquita del portero y chutar con todas sus fuerzas para sentir la alegría del gol, de sentirse protagonistas, después de que el balón cruzara la línea dando botecitos lentos y sufridos.
Dicen los organizadores que decidieron poner el himno para ilusionar a los niños y para que se sintieran como ídolos. El himno fue un acto más de la teatralidad previa a la finalísima. Créanme, estos niños, que tres días antes acaso usaban chupete, desconocen la importancia de los colores que defienden. Sólo quieren jugar y disfrutar. Al menos, creo yo que debería ser así.
Cuando yo tenía ocho años, también disputé alguna final de algún torneo. Un torneo de barrio, comparado con esos tan profesionalizados. Salimos ansiosos al campo, con ganas de jugar únicamente. Soñábamos, ya colocados en el campo, en que todo el público gritara nuestro gol del triunfo. Era más humilde todo, pero no necesitaba yo ni mis compañeros parafernalias para ilusionarnos ni que nos sintiéramos ídolos.
Sólo necesitábamos un balón. Y nada de tres entrenadores, de chándales, de botas metro sexuales, de peinados fashions, de masajistas, de jueces de línea. Sólo necesitábamos un balón. Que las ganas ya marcarían un gol más que el contrario. Jugábamos por placer. Y aquellos partidos nunca se me borrarán de la memoria.



No me puedo resistir a opinar…No estoy de acuerdo, si es un “mundialito” (como tu has dicho) si los nervios de los niños son iguales(o parecidos) a los de los mayores,…por qué no el himno? es una manera de ennoblecer y dar valor al juego de los más pequeños, de considerarlo algo serio e importante,…a cualquier niño creo que le haría ilusión sentirse un “profesional”. ¿Por qué mal poner el himno? ¿Nos da miedo? No me parece que haya que sacralizarlo tanto…
María, muchas gracias por tu opinión… y por leer un artículo un poquitín largo… soy consciente que me pasé un poco escribiéndolo…
En primer lugar, lo de “Mundialito” no lo digo yo, sino que es el nombre técnico en que se conoce el torneo en cuestión.
Creo que el error está en considerar el juego de los pequeños como algo serio e importante, como si fueran “profesionales”. Los mismos niños ennoblecen y dan valor a su juego ellos mismos, solitos, sin que los mayores tengamos que meter mano en sus asuntos. Lo digo con conocimiento de causa, como un jugador que un día fue niño y también como entrenador que procura enseñar a niños. el chaval se motiva solo, no necesita que lo motivemos… juega porque le gusta dar patadas a un balón…y porque es feliz haciéndolo…
Y también creo que lo he dejado claro en el artículo, el himno es otro aspecto de una parafernalia que procura “profesionalizar” a los niños. Y yo en esto no estoy de acuerdo…
No sé si el artículo y mi respuesta ha podido aclarar algo…
Pero, ¡muchísimas gracias María!
Doncs jo no hi estic d’acord, de la mateixa manera que tinc el dret d’escriure en Català aquest comentari vostè té el seu de criticar aquest succès, Però hi ha una petita diferència, jo conec aquest dret i vostè desconeix completament la situació de tot el que ha succeït amb l’himne espanyol a Portugal.
He estat més de mitja hora buscant notícies sobre l’event i no he trobat res que no fos simplement que els nens no van sortir al camp, però res que expliqui les circunstàncies del partit.
És evident que els nens (si està en el cert que són pre-benjamins, encara que jo no ho he trobat enlloc, però serà així, no ho qüestionaré) però bé que podría ser que els valencianistes haguéssin estat durant tot el campionat insultant els nois del Barça per ser catalans, (que m’h passat a mi, a l’extranger, valencians, madrilenys, insultant-me a mi i als meus amics per parlar en Català per el carrer, per ser catalans!!) poden ser cinquanta mil coses i vostè es creu que té la raó. Si això és així, que simplement no han volgut sortir al camp per a no escoltar l’himne, jo també hi estic en contra, però el reto a què em domostri que els entrenadors, delegats o responsables de l’equip no tenien motius per a esperar als vestidors mentre s’escoltava al camp l’himne espanyol, el reto.
Aleshores li donaré tota la raó, i el recolzaré però m’indigna que hi hagi gent que sense conèixer les circunstàncies (jo no sóc periodista però se fer anar l’internet)
Aquestes coses em fan sentir més Català, collons! com pot ser que passin aquestes coses?? es pot discutir un penalti mal pitat, tothom tindrà la seva opinió sobre si la decisió del jutge de camp ha estat encertada o no però no hi ha res més que les imatges, però en aquest cas, un partit (una final) a Portugal, de nens…siusplau…les coses no són o blanc o negre, no ho veig tant evident. si conegués les causes i vosté tingués raó, la meva resposta hagués estat força més radical, i en contra el Barça i els responsables de l’equip, però no és així, l’únic que sé és si fa no fa el mateix que tothom, i no ho veig tant clar, de fet, no ho veig gens clar. m’avergonyeix que hi hagi gent que pensi d’aquesta manera, sempre amb el ganivet a les dents, buscan qualsevol excusa per a clavar-los en el pit d’algú, innocent o no, però ja han aconseguit omplir un parell de paràgrafs. els detesto, a ells i a vosté.