La brisa matutina agitaba los pelos, que bailaban descontrolados en el aire. Tanto peinarse delante del espejo para que luego los cabellos danzaran un bals caótico y majestuoso. Una mañana fría de sol en invierno. Y después de trabajar un ratito, el descanso del pitillo. Exhalar el humo, una vez y otra, soltándolo por la nariz y la boca, después de dejarlo que se acomodase en nuestro interior.

Y el pitillo se iba esfumando despacio, como la hoguera de San Juan a altas horas de la madrugada. La calle seguía medio vacía. Escaso ruido y movimiento. La gente aún estaba recluida en su mundo. El ritual del pitillo, aquella mañana fría de sol, se convirtió en un pequeño placer de los que hacen que la vida valga la pena.

Y el pitillo se acababa. Y mi visita al paraíso concluyó precipitadamente, como un sueño. Era el último del paquete. La mano en el bolsillo del traje negro, tan nuevo que aún se observaba la raya del planchado, buscando chatarra. El bar estaba cerca, a cuatro pasos.

El local se hallaba vacío, como vacía parecía aquella mañana por el mundo. Saludé a los camareros con una amplia sonrisa, que seguían a los suyo, limpiando platos y poniendo un poco de orden en su local, aprovechando el rato muerto. 

Me detuve en medio del bar, y alcé la vista, buscando la máquina.Allá a lo lejos, con su posado ufano, la encontré. Me esperaba. Parecía que me sonría, y se sonrojaba, como siempre. Sabía que yo, puntual, no la defraudaría.

Nunca se lo pregunté, pero creo que soy su Principito. Caminé hasta alcanzarla. Tenía mono, mono de poseer un paquete en el bolsillo, de saber que cuando quisiera o lo necesitase, podría volver a fumar, a tocar el cielo, a destrozar mi cuerpo, a seguir respirando dolorosa y entrecortadamente cuando juegue al fútbol, y decirme “que sí, que me hago mayor, que ya no puedo jugar… que me arrastro como un noctámbulo por la cancha…”, y toser, y soplar una vez, otra, y otra… y creer desfallecer…

Mientras agarraba todas las monedas del bolsillo, le pregunté amablemente al camarero si me podía activar la máquina. Hizo que sí con la cabeza. Pero, antes de enchufarla, me preguntó elegantemente:

- ¿Tienes dieciocho años?

Yo respondí que sí, con sorna y la seguridad que me da el paso del tiempo. No era la primera vez que me hacían una pregunta así. Y me reí. Mejor me lo tome con humor. Las veces que me faltarán por sonreír. Una anécdota más en mi dilata experiencia como un ser “más jovencito de lo que parece”.

El camarero, todo un crack, me contestó de la manera más simpática, como si obviara que nos encontrábamos en una fría mañana de muerte y vacío:

- “Peor para ti”.

Ya en la calle, con la brisa matutina acariciándome la piel, y fumando el primer pitillo del nuevo paquete, y, mientras me daba cuenta que el tiempo se escurría inevitablemente por los laberintos del reloj, aún seguía riéndome de su contestación. “Es gracioso, el tío. ¡Y cuánta razón tiene!”.


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