Qian Hongyan
Qian Hongyan es una niña preciosa de ocho añitos. Vive en su China de siempre. Las malas lenguas dicen que todos los chinos se parecen, pero Qian tiene algo especial. Cuando la ves, albergas una sensación extraña, como si el reloj te dijera: “¡Párate hombre, y observa esa hermosa chiquilla rebosante de belleza exótica!”.
Tiene el pelo negro y liso, peinado al estilo de Mafalda. De cara rechoncha, sus mejillas exageran aún más este efecto, dándole, a la vez, un toque de ternura y gracia. Además, poseen una pizca de sonrojado, como si Qian siempre se ruborizara. Sus ojos, como todos los de su raza, están cerrados, como si estuvieran siempre dormidos; pero sus enormes párpados y el brillo que desprenden, sugieren la tez de una jovencita y hermosa hada. Su boca, de labios pequeños y delgados, apenas se nota, como si no le fuera imprescindible para conversar. A Qian le basta el corazón, recio y tierno a la vez, para hablarnos.
Qian no tiene piernas. Sólo al rato de contemplar la dulzura y la coquetería que desprende por doquier, te das cuenta de ello, sintiendo un escalofrío que sacude la sensación de regocimiento que experimentaste al ver a la preciosa niña. En 2000, cuando contaba con sólo dos añitos, Qian perdió sus piernas en un cruel accidente de coche. Aquel día, la vida la envejeció prematuramente.
Qian, de corazón recio y tierno, se rebeló. Quería ser niña, como todos; quería soñar, como todos; y quería vivir, como todos. La vida quiso robarle la ilusión de la infancia, pero Qian, de corazón recio y tierno, no se dejó esclavizar. Su ingenuidad y sus ganas de vivir mataron el horror y la desgracia que le mandó el cielo.
Una pelotita de baloncesto fue la solución. La vida y el deporte son un juego, donde vencen los audaces y optimistas. Y Qian, ayudada por los suyos y los médicos, tuvo una idea original y sencilla, que en manos de un prestigioso académico, sería galardonada con el Nobel.
Quizá porque admira a Yao Ming o quizá porque pensó que la pelotita servía por algo más que ir tirándola a una canasta, Qian le dió un nuevo significado lleno de heroicidad: usó la pelotita de baloncesto para moverse, como si fuera su silla de ruedas. La infancia es la etapa de las pequeñas locuras.
Y ella, como si de un juego aventurero se tratara, empezó a moverse ayudada por el balón y por dos cepillos, usados como muletas. Un juego original donde ella luchaba contra las distancias, deslizándose con la pelotita de baloncesto que, contenta, iba girando y girando como le decía Qian.
Qian, la preciosa niña, era la reina de su mundo. Dominaba y ganaba su juego. La vida se molestó en joderla ya de muy pequeñita; pero ella, lejos de victimismos sentimentaloides, apostó por amar la vida, por tratarla como un juego en el que es preciso luchar para divertirse.
Rodando y rodando fue pasando el tiempo, y Qian se hizo mayor; un poquito más mayor. Qian jugó sus cartas y volvió a ganar. No hace mucho, le pusieron dos prótesis en una clínica. Ya intervenida, en los pasillos, viendo la vida desde una distancia superior, como si ya hubiera madurado, vacilaba con pasos lentos y entrecortados. Le costaba adaptarse. Se mostró torpe, pero no peridió, ni al sacar su pequeña lengua mientras hacía pasos pequeños con las dos prótesis, su rostro dulce y tierno.
Qian ya empieza a andar, y mientras la vida le cuesta asimilar su derrota, esta preciosa niña ha vuelto a nacer. Ahora, tiene toda una vida por delante donde podrá soñar que es como Yao Ming mientras juegue a baloncesto con su pelotita de toda la vida.



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