El diablo abandona su piel de serpiente y se disfraza con los calurosos rayos del sol. Un domingo del mes de mayo. El día concreto poco importa. Asfixiante, agobiante. Caluroso, caluroso. La habitación a oscuras desprende un aire cargado y bochornoso. Todo a oscuras y, sin embargo, reinan las gotas de sudor. La piel se pega a las sábanas mojadas y te levantas despacio, odiando haber nacido.

Empieza una maratoniana travesía por una jornada que parece provenir de los desiertos africanos. Sol, sudor y muchos litros de agua. El tedio se apodera poco a poco de nuestro corazón. La vida, hoy, parece recién salida del horno. El deporte es el refugio ante aquel domingo universitario de mayo.

enamorado.jpgSuena el timbre. Con pasos vacilantes, abro la puerta.

- ¡Buenos días! ¿Cómo habéis dormido, campeones? ¿Os acordáis? ¡Hoy es el día del deporte!- me dice Javi con la ilusión de un niño.

…El día del deporte… nuestro amigo agudiza los oídos, espera una respuesta inmediata. Pero no consigo recordar… el día del deporte… dice… ¿qué carajos comenta este chalado…?

- Qué bien lo pasamos ayer, ¿verdad?- inquiere con la alegría de un bebé que no crece a pesar del tiempo.

… Ayer… ¡claro! En el bar de siempre, con las canciones de siempre, la cerveza de siempre y los amigos de siempre. Pero nunca es aburrido. Ocurre siempre algo nuevo que nos anima a seguir repitiendo las veladas del sábado como rituales sagrados.

Ahora caigo. Cómo nos burlamos de él, pobrecito. Me siento mal. ¡Qué crueles! Su frase “mañana es el día del deporte”, fue ironizada, mofada, destrozada e humillada como lo hace la vida con las ilusiones más ingenuas. Su frase, ahora lo recuerdo, fue el origen de nuestros ¡hahahas!¡hahahas!

Primero, motos. 125, 250 y los 500, la joya de la corona. Después, Fórmula 1. Qué tedio más insoportable. Los ruidos de los frenazos aumentan más, si cabe, mi sensación de pavor y asfixia. Impertérrito, miro la televisión como quien podría estar viendo la pantalla en negro.

Negro y lento avanza el día, como si el paso de cada segundo fuera un derroche de esfuerzo y sudor. Llega la tarde solitaria, como una autista. Sin brisa, sin ramalazos de aire fresco.

Salimos de casa. Los labios se endurecen y las mejillas enrojecen. Andamos despacio, pasito a pasito, procurando matar el sol como si camináramos por una larga y fina cuerda a cien metros de altura. Vamos en zig-zag, como si estuviéramos algo borrachos, buscando las sombras que nos regalan los árboles. Pero ni allí se está bien. Pasada rápida de la mano por la frente y vuelta a empezar.

Cualquier bar nos sirve. Sólo necesitamos un televisor y una cerveza fresca, fresca. Fresquísima. Helada. Y el Tau que no puede en la fría Rusia. Desde Rusia con Amor era una de las entregas de Bond. Para el Vasconia, también fue una cita desde Rusia con amor, pero fue un amor pasajero.

Venció a los israelíes en semis, pero en la gran final, ante los anfitriones, siempre fue a remolque. Una derrota cruel, de esas que duelen, en las que el rival, por designio de los dioses, te gana como le apetece: te macha al inicio, ahora te da un respiro, ahora te hace creer en la remontada - te creces, el milagro es posible - y al final, te pisotonea… y los vascos corriendo, corriendo, luchando y peleando hasta sudar en medio del frío moscotiva. Todo para nada. Sólo subcampeones de Europa. ¿Gesta o fracaso?

Y luego la imagen se traslada a las naranjas y al calor mediterráneo. Partidazo. Valencia-Barça. El último eslabón de los azulgranas para encarrilar su Liga. Complicado, pero… Eto’o y Eto’o. 0 a 2. Práctico. Dos ocasiones, dos tantos. Y luego, a dormir el partido. Poco espectáculo. No puedo ni celebrar los goles. Me abrasa la vida. Cervezita final que anuncia una crónica de triunfo anunciada.

Ya sólo quedan partidos trámites para descorchar el júbilo, tantos años guardado en la bodega. Pero con el tiempo ha mejorado. Y el sabor de la gloria es más dulce. Celebraremos el título de campeones semanas después. Pero la Liga la ganamos en Valencia.

No tengo ni fuerzas para enorgullecerme ante mis amigos. Calor. Calor que mata el corazón. La noche, lentamente, ha ido apartando el sol a codazos. Ando media ciudad hasta encontrarme con mis abuelos, mi tía y mis primas. Me invitan a cenar. Mañana tienen médico. Pruebas rutinarias en la vejez. Mi tía lleva la conversación a sus anchas.

- Bueno, ¡qué ilusión veros! - dice, pero luego ataca:

- ¿Qué habéis hecho hoy? Supongo que estudiar… ¿no?

Aguanto su mirada que parece inocente. Me muestro sereno por fuera, pero estoy ardiendo por dentro. Calor. Asfixia. Una especie de dolor sofocante en el alma. Y como quien tiene un garbanzo en la oreja, bajo la mirada al plato y sigo comiendo mi pollo con patatas. ¿Qué me ha preguntado? Dejo que mi hermana y mi prima expliquen emocionadas lo que ha sido su domingo de mayo.

Seis besos para terminar el día. Y de camino ha casa, analizo mi día. ¿Qué ha pasado? Ya casi había olvidado tantas horas delante del televisor. Ya casi había olvidado que hoy, a pesar de haber odiado nacer, matamos la Liga. Un bonito final para un domingo cualquiera de mayo caluroso, caluroso. 

El domingo del deporte termina con el escalofrío placentero en la piel de las noches frescas de mayo.

 

 

 


One Response to “El día del deporte”  

  1. 1 Javi

    Tanta mofa del ¡día del deporte! per toda la tarde delante del televisor¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ viendo deporte y más deporte, y el barça campeón de liga, y las cervezas (San Miguel, claro está, allí donde va triunfa), y el calor, y los exámenes a punto de caramelo, y los comenta´rios del forofo, experto y google del fútbol, Don Presas, y el fotógrafo, y antideportes bloggy, y el culé, y sobre todo, lo fundamental una buena tarde de domingo bien rodeado de sonrisas y grandes AMIGOS.
    Gracias Jaume, el artículo me ha vuelto a recordar nuestras tardes del deporte.
    Sigue así,

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