El clásico

14Mar07

Los diez segundos de silencio brutal, en las que miles de gargantas contuvieron su respiración acelerada, los sorprendió bajando las escaleras del estadio. Cabreados, heridos y terriblemente apaleados. Impacientes como los jóvenes en el amor, se levantaron de sus asientos y enfilaron el camino hacia la nada.

En aquellos diez segundos eternos, inciertos y mágicos, sólo se oía el crujir de sus zapatos al andar. Y de pronto estalló un griterío exaltado, un brindis de gargantas clamando a todo el planeta “¡gool….gooool….gooooool!”.

Y luego, la celebración. Algunos aficionados, con los brazos levantados al cielo, intentando agarrar las nubes; otros, enlazando sus manos en las caderas de su amada; los gafotas, de rodillas buscando sus quevedos perdidos en algún rincón del suelo y los incrédulos, santiguándose otra vez después de mucho tiempo.

Un pequeño diosillo de las américas, hasta el momento el eterno monaguillo que aspira a la gloria, acababa de perforar por tercera vez la portería del mejor arquero del país. Un empate a tres goles. Un punto para cada equipo.

Perdió el resultadismo, la táctica, los puntos y la clasificación. Pero ganó el fútbol, la garra, los goles, el tiqui taca, el fútbol de traca y bandera… El espectáculo goleó a la tacañería y, después de mucho tiempo, el clásico vivió sensaciones que convierten a este deporte en algo hermoso.

Messi. Gol. Gol. Gol. Messi, una adolescencia vivida en la Masía, lejos de sus boludos. Una voz débil y compasiva. Unas piernas de oro, rápidas, endiabladas. Un corazón fuerte. Un niño que fuera de la cancha parece perdido y asustado. Messi. Gol. Gol. Gol. Un mago que se ganó el apodo del dios del fútbol. Messi. Gol. Gol. Gol. La mano de dios ya ha encontrado, por fin, a su apóstol más preciado.

El eterno rival, que parecía resucitar, terminaba el partido como aquel bobo que le acaban de birlar su caramelo. No perdió en el Camp Nou, pero aquello dolía más que un 5 a 0 o las cinco campanadas que sonaron una noche en la Puerta del Sol.

Dos equipos heridos, dos leones afamados, dos escuadras destronadas se dieron cita en un encuentro que no defraudó a los 7.251.000 teleespectadores que lo vieron en España. Sus gargantas quedaron deshechas y roncas y sus corazones vivieron en la frontera entre el éxtasis y la desolación.

Curiosamente, los mejores del encuentro acabaron desesperados. Los arqueros, los malditos que deben evitar a cualquier precio la emoción del gol, salvaron a sus equipos, desbordados por unas defensas perdidas y débiles. Pero encajaron cada uno tres goles. ¡Qué decepción! Realizaron paradas que recordaron al hombre araña, pero en los goles, ya marcados antes de chutar, fueron espectadores de lujo en primera fila. Solos ante el peligro, como estatuas ecuestres, vieron pasar a su lado los balones que terminaron en la red.

Un clásico es eso, un clásico. Un partido esperado. Un partido que se juega durante quince días. Un partido que perdura en la memoria. Un canto al buen fútbol. Una oda al fútbol arte. Un partido en el que un jugadón se revaloriza lo no escrito, y que justifica volver a visionar el encuentro, esperar e ir ambientándose hasta contemplar otra vez el jugadón. Un encuentro para coleccionar al lado del vídeo de bodas, en la estantería de los imprescindibles. 

Un clásico es un clásico. Un partido que da la vuelta al mundo. Un encuentro que nadie quiere perderse, aunque esté trabajando en Caracas. Porque vence y golea la magia y la emoción de este deporte, convirtiéndolo, a veces, en algo hermoso.  


One Response to “El clásico”  

  1. 1 JPresas

    He de reconocer que me he emocionado con la descripción de tú clásico. Y escribo “tú” porque, claramente, por el texto corre sangre azul y grana que logra hacerlo latir hasta el final a mil por hora. ¡Bien bajito compañero de fatigas! Algún día, quién sabe, quizá seamos famosos. Como dijo el innombrable -al menos en este tiempo que nos ha tocado vivir-Franco: “Hoy somos yunque pero mañana seremos martillo”.

    Bicos desde Galicia.

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