El metro de Madrid
Qué bonita es Madrid. ¡Qué bonita nuestra capital! Cuántos rincones por descubrir y perderse y olvidarse de los males que nos acechan. Pero la belleza auténtica de Madrid permanece oculta. Se necesita abrir los ojos. Detenerse. Y luego, sumergirse en las profundidades oscuras.
El metro. Lugar donde florece diariamente la vida. Sus sinsabores y sus alegrías. Instantes furtivos que se viven; pedacitos de sueños por realizar; encuentros y despedidas. El primer beso. O el último. Contactos multirraciales, convivencias inimaginables. El mundo entero debajo de la tierra. El metro, lugar donde se toman decisiones importantes en la vida. Nuestro destino. Aquello que nos define. Si no, preguntádselo a Ana Karenina.
Sábado por la tarde. Finales de febrero. El metro de Madrid nos abriga del frío. Mi amigo y yo decidimos deambular por las calles subterráneas de Madrid. Allí se cuece la fiesta de la vida. Abro los ojos. Y el mundo se presenta, majestuoso, ante mí.
Yo y mi amigo. Riendo, gozando, comportándonos como payasos sin zapatos gigantes ni nariz roja. Allí somos dos anónimos, nadie nos conoce. Pocos nos miran. Y nosotros, felices, saltando de una parada a otra, cambiando de línea. Descifrando el curtido mapa del metro de Madrid, lleno de líneas de colores que se cruzan. Equivocándonos, riéndonos de nuestro error. Haciendo tonterías. Porque nada nos importa. Sólo reírnos, porque todo nos parece divertido.
La tarde pasa deprisa. Hacemos una parada. Un descanso, porque hablar del mundo y reír sin parar también cansan. Café con leche caliente. Gastamos bromas con una dependienta. Queríamos comprar tabaco, y aprovechamos para arrancarle una risas. Luego, parada obligada en el baño.
Al regreso, sale de una puerta un gentelman. Traje negro. Pelo perfectamente peinado. Arrastra una maleta. Viene por trabajo, y se le ve serio. Es un entrenador que ha hecho campeón de la UEFA a su equipo. Un entrenador que se ha convertido en el padre de unos hombres que campean felices por los campos de España. Es Juande Ramos. Lo veo cinco días antes de que un botellazo lo deje inconsciente, un susto grave, grave, que conmocionará al país entero. La última gota de violencia que pide a gritos el paso de la paz.
Me lo quedo mirando. Y sonrío. Se lo comento a mi amigo, que está hablando con su novia por teléfono. “Mi cuchipú”, la llama él. Se echan de menos. Sus ojos me dicen que se quieren. Un broche de oro a una velada preciosa de invierno. Y le digo a mi amigo, compañero del metro de Madrid:
- Le he pedido si quería que le firmara un autógrafo.
Y reímos los dos. Y nos decimos, casi gritando, para que se entere todo el mundo, “¡qué bonito es el metro de Madrid!, ¡habrá que repetir!”. Y emprendemos, acompañados por nuestras risas, el camino de regreso.



cuanta verdad hay en tus palabras “Sus ojos me dicen que se quieren”, ¿cómo consigues descubrirlo? si es que detrás de esa cara de cínico se encuentra un sentimental que ama la vida en cualquier rincón del metro. ¿porqué ries tanto? besos de cuchipu.
Pues nada, habrá que repetir, y dejar que estos se sigan queriendo. Cuchipú, espero que aparezcas por Madrid alguna vez. Que yo, si nada lo impide, os dejaré mi casa para que sigáis descubriendo un mundo subterráneo inundado de música y personajes de película.