Las águilas imperiales seguían volando como siempre, muy altas, inaccesibles. Cuatro años, y siempre lo mismo, y a veces alguna tormenta aislada, en forma de ráfaga infernal: “…rrrrrrrrr…rrrrrrrr…rrr…”, pero nada más. Eran los momentos inesperados del “tiempo muerto” y luego, seguían su vida refugiados en su cancha. El balón era el camino, y el gol y la emoción y sus sentimientos, la ilusión.

Toques sutiles, pases al pie, controles perfectos y caños limpios servían para darle a la vida aquello que la guerra les quitaba despiadadamente. Mientras los mayores se peleaban en una batalla sanguinaria y absurda, la batalla de aquellos niños era un juego. Un juego de verdad. Una tarde de vida verdadera bajo la atenta mirada de las águilas imperiales, lejos, muy lejos. Pero siempre por ahí. Un toque imprevisto, un error… y un gol.

Un gol que era un cántico a la vida. Un juego jugado en un hermoso crepúsculo, de colores rojos, naranjas y amarillos, mezclados con la armonía de un artista. Unos colores que deleitaban a las pupilas. Sí, Miquel Ángelo, Caravaggio, Goya… seguían trabajando desde el cielo.

La calma de aquella tarde era más que chica. Paz. Paz previa a otro asalto del juego. El ring, como siempre, situado en la parte oeste de la ciudad, cerca de la comisaría. Allí, los niños se sentían seguros. Allí, la vida recobraba sus ilusiones. Allí, se entrenaban duro, constantes, con la vista puesta en un futuro mejor, en marcar aquel gol que lo cantarían todos los patriotas.

El balón ya corría. Cuatro trapos sucios, mal pegados, agradeciendo las carícias de aquellos niños. Y el partido era emocionante como nunca. Jugaban como ángeles paseándose por el infierno, como Dantes recordando que la ilusión es el antídoto para esta vida.

Pero el cielo oscureció de repente. Un negro oscuro, como si la noche interrumpiese prematura e insolentemente el sol. Todo sucedió de repente. Dos bombas. Una enorme explosión. Y Satanás volvía a aparecer con toda su furia. Y los ángeles cayeron desplumados.

Nueve vidas con todo un futuro por delante fueron interrumpidas. Trece niños más consiguieron salvarse, con cicatrices que supurarán en la tumba. Ya nada será como antes. Ya nada podrá ser como antes. Quizá deban contentarse en ver jugar a otros ñiños, viviendo de ilusiones, perdidas para siempre, en la imaginación.

Nueve vidas destruídas. Y otras trece malheridas. Ilusiones que se pierden. Con dos bombazos. Jamás volverán a cariciar el balón. Jamás volverán a driblar al infierno. Jamás marcarán aquel gol que cantará todo el país con el paso del tiempo.

Balzac describió en unas 900 páginas cómo un joven perdía todas sus ilusiones. La guerra lo hizo con veintidós niños iraquíes en pocos segundos y dos bombas.


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