Aquel cura no es del Barça
Litros de cerveza. Sorbo a sobro, amenizan aún más un día soleado, alegre. La marea roja inunda el mar. El éxtasis por ver el sol, por saborearlo con cánticos roncos que no se entienden. Caras alegres, blanquísimas, y con esas pecas típicas de la isla.
Contrastan con los trajes, las corbatas y las prisas de los anfitriones, aún serios, solucionando a contrareloj sus quehaceres para que no les pille el toro en la oficina o en el coche, haciendo esa maldita cola interminable hacia el anfiteatro.
Y la ciudad despierta poco a poco de su letargo. Las camisetas rojas, las bufandas rojas y los cánticos recuerdan que vuelve Europa. Vienen los reds, y demuestran, una vez más, que sus jugadores, sus pequeños ídolos, “nunca caminan solos”.
Es 21 de febrero. Fútbol y religión se dan la mano. Vuelve la competición internacional, y se inician también los cuarenta días de sacrificio y oración en el desierto. Todo empieza con un auténtico acto de humildad: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. En un mundo endiosado, nunca viene mal que alguien nos recuerde nuestra condición, aunque sea sólo un día al año.
Calculo ir a misa con el tiempo suficiente para ver el Barça-Liverpool. El cura, un hombre de unos cuarenta años y completamente entregado a su misión, celebra una eucaristía mágica. Pone pasión y amor. Y en la iglesia se respira un aire de eternidad, un pedacito de ese cielo que tenemos prometido. Habla de la gracia, del perdón, del amor a Dios, de la auténtica felicidad, de entregarse uno mismo… y el reloj, sin tiempo dentro del santuario, esprinta en el mundo exterior.
Creo que aquel cura no es del Barça. Creo que no es consciente que en la otra punta de la ciudad, en el anfiteatro blaugrana, se lidiará en breve la felicidad de muchísimas personas. Él sigue a lo suyo: entrega, entregarse, darse…
Creo, sinceramente, que aquel cura no es del Barça. No, no es del Barça.
Dios es la perfección, la plenitud. Los neoplatónicos decían que la perfección se simbolizaba con una esfera redonda. Hoy, la plenitud y la felicidad se encuentran en un balón, un esférico perfectamente redondo. Y así, a nadie le puede extrañar que el fútbol y la religión se unan en una plenitud y belleza perfectas.
Yo he jugado al fútbol contra sacerdotes, enfundados con los colores del club de sus amores. He hablado encarecidamente de fútbol con sacerdotes, y me he burlado de ellos cuando su equipo caía estrepitosamente. Los sacerdotes, evidentemente, no perdían sus ocasiones y cuando los míos recibían goles como tormentas, me flagelaban con penitencias dolorosas.
Me han contado de un cura, ya mayor, que es un apasionado del deporte rey y de su equipo. Pero hoy se rebela ante el desequilibrio entre las ganancias de los magos del balón y la pobreza que azota en muchos lugares del planeta. Defraudado, tomó la dolorosa resolución de denunciar el hecho y de no asistir nunca más a un encuentro del equipo que tantas alegrías le había dado. Y reza, claro. Aquella es su cruz.
No me canso de contemplar el momento inmortalizado por Cartier-Bresson, esa fotografía en blanco y negro en la que se ve, con un aire entre místico, misterioso y lleno de gracia, una hilera de túnicas negras disfrutando emocionados de un partido de fútbol. Y me he reído como nunca cuando un amigo me contó, entre carcajadas, la historia de un cura absolutamente forofo del Madrid: un domingo por la tarde, antes de jugar su equipo, debía celebrar misa, pero tenía la cabeza y el corazón puestos en la cancha. Sentía los colores y los nervios se rieron de él. En el altar, se dio cuenta de que en lugar de la estola, se había puesto la bufanda de su equipo…
Aquel cura no es del Barça. La misa dura lo interminable. Y al bajar del cielo para regresar a la tierra y cambiar el mundo, el árbitro ya pita el silbatazo inicial. Y yo en medio de la calle, solo, sin amparo, ante una ciudad grandiosa pero vacía, con los ojos atentos a la lucha despiadada entre gladiadores que se celebra en el coliseo azulgrana.
Y yo en medio de la calle, solo. Pero no me turbo, ni me inquieto, ni se me derrumba el mundo. Definitivamente, aquel cura no es del Barça. Y a mí me da absolutamente igual.
Porque no sé qué tiene aquel cura, que le importa un pimiento el destino europeo del Barça, que al día siguiente, puntual, estaré yo preparado para escuchar sus palabras que me hablan de entrega, de amor, de felicidad, de vida… y yo, lo escucharé emocionado y lo acompañaré en su hermosa oración.



Que bo, que bo, em sembla que el faré servir a la classe de reli.
Estàs fet un champion.
Ja estem tots fora d’Europa, però el futbol sigue i per tant elrevulsivo sigue.
Enhorabona crack
Quan baixis a pagès truca que anirem a dinar d’entrepans.
Una forta abraçada i espero que a la nova feina estiguis triomfant
Bonnetti