El intelecutal

23Feb07

Un amigo mío es un intelectual. Tiene dos carreras y acaba de empezar el doctorado. Sí, lo ha leído todo, absolutamente casi todo. Es difícil sorprenderle hablándole de un libro que no haya, al menos, ojeado. Como guía literaria sirve de mucho: libro que no ha leído, libro malo. Que no vale la pena. Es una guía basta, para todos los gustos, intelegente, profunda y, sobre todo, promete muchas horas de diversión, acostados en la cama,  con un buen puñado de hojas con infinidad de historias como acompañante.

Su habitación está repleta de tomos de todo tipo. Novelas extenísimas o breves, ensayos de filosofía, de música, de teorías varias… y, lo mejor de todo, es capaz de hablar sobre cualquier tema con holgura. Y tú solo puedes escucharle, porque tus apreciaciones sólo te recordarán lo banal, la ínfima gotita que son tus ideas en medio de su mar de sabiduría.  Tan listo es mi amigo que con apenas 25 años, ya ha creado una corriente de pensamiento vital propia, novedosa, a contracorriente, a momentos estrambótica y muy, pero que muy explosiva. Y yo me siento orgulloso de este amigo mío que es un intelectual.

Pero por encima de todo esto, sobresale porque es buena persona. Más preciso, una magnífica persona. Y da gusto charlar (mejor dicho, escuchar sus opiniones) largo rato con él. A su lado, cualquier tipo de humildad es no aconsejable, sino necesaria. Y lo mejor de todo, conmina a esforzarse, superarse y a usar el coco mucho tiempo para llegar a su nivel, aunque sea una utopía feliz.

Hasta que llegó junio y el mundial. Y mi amigo se transformó en un ser estrambótico, hipnotizado por el balón, los árbitros, las multitudes concentradas, los cánticos, las televisiones, la premsa y, en especial, por los cracks mundiales que defendían a sus países. El fútbol se cruzó en su vida. Dos escenarios, el salón de su casa (único reducto de su mundo en junio) y todo lo que acontecía en Alemania. El fútbol lo venció. Mi amigo enfermó gravemente y nadie parecía encontrar el modo de salvarlo, porque, ¿existe algún antídoto contra la locura futbolística?

Y eso que teníamos exámenes. Pero apenas los preparó. La vida es cuestión de prioridades. La locura pasional que se vivía a todas horas en las ciudades alemanas mundialistas ocuparon su ser entero y el sentido de su vivir. Cambió de religión: de los libros a las canchas de fútbol. De la cabeza a los pies. Pero su Dios seguía siendo la imaginación: ¿qué pasará?, ¿cómo terminará todo?, ¿Será un final feliz o el destino tiene guardado una broma macabra?, ¿habrá tópico?, ¿ganará el bueno o se llevará la gloria el asesino?

Se enzarzó en una discusión con un amigo suyo, un auténtico doctorando en futbolitis. Otro ser, amigo mío también, que no sabe cómo curarse del balón y todo lo que conlleva y de las decepciones con que lo hostigan sus equipos de toda la vida. Una discusión futbolísitca que casi rompe la telaraña de la amistad construída lentamente pero sólida durante varios años, gracias a compartir muchos momentos, cervezas, risas, aventuras, favores e intimidades.

Y todo porque el intelectual, enfermo de fútbol, consideraba a Materatzzi un grandísimo defensa. Y mi otro amigo, enfermo de fútbol, pegaba gritos al cielo como un auténtico loco, como intentando despertar a los astros del balón de antaño. ”¡sacrilegio -chillaba-, sacrilegio! ¿Pero qué dices? Si es es malísimo!”.

El transcurrir del tiempo dio la razón al intelectual. Por suerte, aquella discusión, que se repitió varias veces, no entorpeció su amistad. Y yo, en el medio, levantaba los hombros, como si aquello no fuera conmigo. “Un crack, un mediocre. Elegante, torpe. Técnico, rompehuesos. Malo, bueno…”, ¡qué sé yo!

Durante la interminable sucesión de partidos (insulsos, la mayoría) y programas resumen de TV (aburridos y simplones) en que se convirtió el mundial, apenas ví a mi amgio. Sólo para compartir la visión de algún encuentro (nunca olvidaré aquél cóctel de fútbol y filosofía, sentados en el sofá, hablando sobre el mundo, su pasado y su porvenir;o aquella noche cuando mostró toda su entereza a pesar de que su país fue eliminado de la forma más cruel).

En agosto no paraba de preguntarme cómo mi amigo había encajado el chock del fin del mundial. Cuatro años de ilusiones y esperanzas consumidas y resueltas en apenas un mes. ¿Qué fue de su vida con la muerte instantánea, previsible, pero no por ello menos dolorosa del fútbol? 

¿Sobrevivirá otros cuatro años sin el mejor acontecimiento futbolístico del mundo? Nunca se lo he preguntado. No me apetece secarle sus lágrimas.


4 Responses to “El intelecutal”  

  1. 1 Fernando Gabriel

    Este amigo me parece estupendo, dan ganas de conocerle.

  2. 2 Jaume

    Gracias Fernando, y cuando quieras te lo presento. No te defraudará… Esta era un poco la idea del artículo, intentar que el lector se hiciera lcargo de la personalidad de mi amigo.

  3. 3 Javi

    Yo conozco a este amigo, y os puedo decir que el artículo le define tal cual es, una persona muy culta, muy culta, que detrás de eso está su pasión por el fútbol. Le teniaís que haber visto en el mundial. El calendario colgado en la pared y cada noche anotando los resultados. Se sabía todos los partidos que iban a disputarse en el día y creo que se perdió muy pocos encuentros.
    En fin, medios deportivos, si queréis tener a un crak del fútbol solo os tenéis que dirigir a él.
    Saludos,
    Jaume sigue así, igual el metro de M. te inspiró para algún artículo.

  4. 4 Jaume

    Pues claro que me inspiró el metro, ¿cómo lo voy a olvidar? Si el romanticismo y la alegría de la vida pueden estar en cualquier sitio, sólo hace falta estar atento y darte cuenta de ello…

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