Aterrizó en tierras gerundenses como un anónimo más. Un turista que viene a probar fortuna, a saborear nuestro sol, nuestras playas y nuestro nivel de vida. Sin embargo, su rostro serio y su sonrisa burleta tenían ansias de poder, de gloria y de fama.

Apenas le costó abandonar el frío y la nieve de su país. Pronto se acostumbró al sol y a la brisa mediterránea. Pronto empezó a mover hilos y a trabajar. Tenía muchos planes de futuro. El quería empezar de cero para terminar dando un golpe de efecto. Así, en poco tiempo. De la nada al todo. De villano a héroe. Un camino corto, con sólo pocas uvas tragadas rápidamente. Así sería más emocionante, más heroico. Y su estela quedaría grabada para siempre en la memoria de los españoles. O eso soñaba él.

Primero, llegó a la pequeña población costanera de Tossa de Mar. Allí, quería revivir el idilio que mantuvieron Ava Gardner y Mario Cabré, acaecido en esa población de la Costa Brava durante el rodaje de Pandora y el holandés errante, de Albert Lewin, en 1951. Hasta Frank Sinatra, marido de la actriz, apareció por Tossa cuando se enteró de los rumores. Pero los romances en Hollywood son fugaces. Al inicio, son como las bombas, explosivos, pero es cuestión de tiempo que la llama se apague.

De esta manera, Piterman emigró a otra población de la Costa Brava: Palamós. Se fijó en uno de los clubes centenarios para engrandecer su leyenda, a pesar del primer fracaso. Quería entrar en el museo de la historia del fútbol a través de un pequeño, que, pese a llegar a competir en la División de plata, deambulaba perdido en tercera. A golpe de talonario intentó profesionalizar un conjunto que no estaba preparado para ello.

Trajo jugadores de mucho nombre, y revolucionó la prensa deportiva gerundense, que, por fin, parecía tener otro tema sobre el que hablar que no fuera el baloncesto. Pero sus pupilos le defraudaron. Y no se supieron adaptar a la cruda realidad del fútbol no profesional. Dimitri perdió la paciencia. Dos fracasos, pero el ucraniano preparaba el gran golpe.

Santander. Por fin su gran sueño. Aterrizaba en Primera divisón. Ya tenía un nombre en la Liga de las Estrellas. La prensa de todo el país ya hablaba de él: ¿Cuáles eran sus planes?, ¿Quién era ese extranjero que venía a agitar los mares del tranquilio star system del fútbol español? Pero sus ilusiones volvieron a toparse con la cruda realidad del fútbol. De un día para otro es imposible engrandecer a un pequeño. Sólo un extraterrestre puede en poco tiempo “molestar” la pelea Barça-Madrid. Su impaciencia le traicionó otra vez. Quería resultados. Quería fama. Quería ser un héroe. 

Y le cayó la oportunidad del cielo. ¿Dónde mejor que en la capital del País Vasco? Así, se hizo con el Deportivo Alavés. Y allí empezó a ser conocido por todo el mundo. Y no precisamente por su saber hacer en el mundo del fútbol. Salía a menudo en la prensa nacional, que no le perdonaba ninguna chiquillada ni insolencia. Desde entonces, cada paso del entrenador ha sido como un huracán que se ha vuelto en su contra:

Vetó la entrada a la prensa al estadio. No se sentaba en el banquillo pero él hacía y rehacía la alineación como le parecía. Insultó en público a algunos de sus jugadores. Y ellos, naturalmente, se arroparon para hacerle frente. La afición perdió los nervios. Empezaron movilizaciones contra Dimitri. De todo tipo. Cada quince días, los medios de comunicación se hacían eco de lo acaecido en Mendizorroza. Que si arrogancias del presidente, que si protestas sonoras de la afición, que si huídas del entrenador en medio del partido… El ascenso a Primera fue sólo un breve espejismo. Su descaro por descalificar a los grandes de España no sentó tampoco nada bien. A día de hoy, el equipo ocupa un discreto duodécimo puesto en la Segunda, cuando debería estar luchando por regresar a la élite.

Quien acabará pagando caro todo esto es la propia entidad, la afición y toda la ciudad. Nadie sabe cómo terminará todo, pero la situación no puede durar mucho más. Lejos queda ya aquel 16 de mayo de 2001, cuando el club perdió en la prórroga la final de la Copa de la UEFA. Fue por un emocionante 5 a 4 ante el Liverpool, a pesar del partidazo del equipo entrenado entonces por Mané. Aquella noche toda España lloró con Vitoria. “Vitoria, hoy estamos con vosotros. Os apoyamos. Nunca caminaréis solos…”, parecía decir en silencio todo el país. Hoy, en cambio, las cosas son muy distintas. Se ha pasado a la más absoluta indiferencia y desprecio por las estupideces constantes de su presidente.

El otro día, el Alavés recibió al Barça en la ida de los octavos de la Copa del Rey. Un aficionado, equipado con los colores azul y blanco, sonrió a las cámaras. Acto seguido, se giró y mostró el dorsal de la camiseta y el nombre que se había hecho grabar a propósito. Toda España lo vio: Dimitri, kanpora.

Por tu bien, y por el bien del fútbol español; Dimitri, por favor, kanpora.


One Response to “Dimitri, kanpora”  

  1. 1 Javi Cuesta

    PITERMAN, pasaste ya a la historia del fútbol español. La historia se ecribe de muy distintos modos y tú has elegido uno relamente nefasto.
    Este personaje no sé porque sigue presidiendo ese insigne club, sus socios no le quieren, sus jugadores tampoco, los aficionados al fútbol mucho menos, en definitiva nadie le quiere. El dinero no lo es todo pero hace posible muchos sueños a priori imposibles. Prueba de ello es el Alavés de Piterman porque mas que de la afición es suyo y hace lo que le da la real gana.
    Un presidente debe dirigir desde la sombra y dejar que cada miembro del club desarrolle sus talentos. En este caso no es así, la sombra para Dimitry no existe en su vida solo existen la luces, amargas luces, que de continuar así se convertirán en eterna oscuridad.
    Ramón Calderón, me reafirma en esta opinión y demuestra que el presidente no debe ser más importante que los jugadores y debe permanecen callado en la sombra. El arte en la vida esta en saber obedecer, importante es saber mandar xo más importante es saber callar.
    Bueno basta ya de filosofear, un abrazo y a continuar con este gran blog. Un abrazo!!

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