Acostados entre sábanas blancas, una habitación pequeña y sencilla, sólo con una cama, un sillón roñoso, un baño y una televisión que funciona con dinero. En la ventana, el mismo paisaje de siempre. Lejos de la civilización. Vestidos con bata blanca, no falta el suero ni ese olor tan típico, y a la vez indescriptible, de hospital. Demasiadas personas han pasado la Navidad allí. Pero más trágico es aún que muchos sean niños.
 

Pero un día de esas fiestas todo cambia. Aunque sea sólo unos breves minutos, tiempo escaso para tanta espera, el tedio y la amargura del enfermo y sus familiares se transforma en alegría y esperanza. Para ellos, la vida también puede ser maravillosa.
 

¿Y, cómo se consigue? Ya es una tradición, bendito el inspirado, que en Navidad muchos clubes deportivos decidan pasearse durante unas horas  por los hospitales para charlar con esos niños enfermos, sus más acérrimos hinchas, los más silenciosos pero, a la vez, los más valiosos.
 

Los jugadores olvidan las entradas sucias, las palabrotas, los codazos y las tarjetas para convertirse, aunque sea por breves momentos, en hombres bondadosos. Reparten pósteres de su equipo, abrazan a los niños, les dan ánimos, les cuentan, quizá anécdotas, escuchan y prometen cumplir los deseos futbolísticos de esos chiquillos que por un día olvidan su dolorosa pesadilla para transformarse en un niño cargado de ilusiones.
 

En definitiva, se trata de una forma, sencilla pero eficaz, de repartir un poco de alegría entre estos chavales que pasan sus navidades entre suero, enfermeras y dolor.


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