Finaliza el año y surgen en un pedacito de la memoria un sinfín de imágenes en blanco y negro; como si el álbum de recuerdos, aún caliente, hubiese de pintarse siempre sin colores. Y entre todos los momentos futboleros, entre todos los partidos contemplados y el montón de segundos ya perdidos, una estampa: Italia campeona del mundo.
El 9 de junio moría Al Zarqaui, líder de Al Qaida en Irak, y mientras que la foto del difunto descansaba en las manos de un soldado americano, el mundo miraba hacia Alemania. Allí había conflictos más importantes por resolver. Una guerra por librar con un balón de por medio. A fin de cuentas, como diría Valdano, el fútbol es el modo que ha encontrado la humanidad para odiarse sin destruirse.
Iba a ser el Mundial de Brasil, de los Ronaldo, Ronaldinho, Kaká o Adriano. Una máquina perfecta construida sobre la base de inmensos dioses. Olvidaron una cosa: ellos también eran humanos. La canarinha se hundió en su trágica miseria mientras que la vieja Francia recobraba el orgullo de sí misma. La antigua guardia pretoriana estuvo enorme. Makelele, Vieira y Thuram formaron un triángulo perfecto a las espaldas de Zidane. Éste puso el resto: la magia, los colores, el juego, la victoria, el orgullo y hasta la bandera. Poca cosa la verdad.
Así cayó la pentacampeona, como antes lo había hecho España y después sucumbiría Portugal. Demasiado jugador para este arte, demasiado talento por atar. Pero pobre Zidane, más pobre incluso que los pobres. El destino le guardaba una macabra broma inesperada.
Por el otro lado del cuadro caminaba Italia, la sempiterna Italia, sumida en los avatares de su fútbol. El espíritu de Moggi precedía la llegada de la azurra. Un escándalo demasiado grande para que el Calcio levantase la cabeza. Pero en Italia también tienen orgullo. Lippi conformó un grupo solidario tejido alrededor de una imperturbable flecha central: Buffon, Cannavaro, Pirlo, Totti. Intocables y geniales. En torno a ellos se obró el milagro y la paja se hizo oro. Crecieron los Materazzi, Grosso, Zambrotta o Luca Toni e Italia, con más pena que gloria, se plantó en semifinales, consciente de que, cada 12 años, el destino escondía una final. Antes esperaba la innovadora Alemania de Klismann, que pretendía enterrar en el olvido la figura del líbero.
Y en Dortmund Italia dejó de ser Italia, y en un partido apoteósico enmudeció a la anfitriona. Fueron noventa minutos memorables, de otra época, seguidos de una prórroga inaudita. Durante media hora el catenaccio se quedó en el vestuario y la azurra jugó con cinco delanteros. Los penaltis se esfumaron a un minuto del final. En sesenta segundos de locura Grosso y Del Piero mataron a Alemania. Entonces, sólo entonces, Italia se supo campeona. La suerte de Zidane ya estaba echada
El genio francés se resistió. Dejó para el recuerdo un penalti con suspense, con una parábola perfecta que, mientras se alojaba sutilmente en las redes de Buffon, parecía querer decir: me voy para no volver, me echaréis de menos. Empataría Materazzi para dibujar en el horizonte una nueva prórroga, más italiana ésta que la otra.
A la salida de un corner Zidane sobrevoló el cielo berlinés y Francia cantó gol. Buffon dijo que no y cerró el baúl de los recuerdos. El último intento de un gran genio. Después dos cables se cruzaron –la impotencia y el fracaso- y Materazzi puso el resto. Zinedine abandonó el campo rozando con su sombra la Jules Rimet. Fue lo más cerca que estuvo de ella aquella noche. El resto de la velada selló el pacto entre Italia y el destino.



Se nota, amigo escritor tu pluma en cada una de tus frases. Que si un “pedacito de vida más mayor” y más filigranas literarias que se agradecen como una forma de escape ante esta realidad que nos abruma.
Muchas gracias y espero que prosigas con tus figuras retóricas tan personales.
Un italiano limpio, bien escrito, sonoro, con sabor a pasta bien hecha. Nunca sospeché que con estos ingredientes (fútbol-futbolistas) se puediera hacer un plato tan bien presentado. Gracias buen gourmet!