EL HINCHA

28Dec06

Los domingos, el centro de la urbe enmudece por completo y el viento pasea por sus calles como en un pueblo vaquero abandonado. Silencio y soledad. Hastío. Cerca, muy cerca, todo cambia. Una impenitente multitud camina sumida por la fe. Una riada casi religiosa impulsada por la esperanza del viejo ídolo pagano: el fútbol.
 

Poco a poco, al ritmo que marcan las agujas del reloj, las gradas del templo comienzan a poblarse. Misterio y afonía que anteceden al acto, al drama o la comedia, a la fiesta.
 

Entonces, en un momento fugaz que parece detenerse, suena el silbato, y también entonces, en ese mismo momento fugaz ya detenido, el hincha se transforma. ¿En quién? En la hinchada.
 

Crujen gargantas al aire, serpentean bufandas al viento, deliran las gradas y parecen casi humanas y el estadio cobra vida. Y se despega y vuela y salta y siente y sufre. Y llega el gol precedido por un segundo dinástico en el que todas las cosas semejan importantes, decisivas. Los muros del estadio retumban y su alma añeja, sepultada de cemento, grita gol.
 

Impresionante prodigio que, como todos, concluye. El árbitro pita el final y el hincha se sume en una gélida agonía, triste o feliz en función del resultado. Pero agonía a fin de cuentas. Quince días esperando el capricho de ser uno. Dos semanas y un domingo de por medio. Muchas horas hasta el próximo milagro.   


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