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Sucedió un 7 de octubre. España se desangraba más roja aún que su triste camiseta. Suecia, aburrida pero efectiva, mantenía el uno a cero sin mayores problemas. Mientras que los segundos caían como las pesadas cataratas de un reloj de arena saturado, un puñado de jugadores deambulaban sobre el césped del templo de Rasunda, en Estocolmo, donde cincuenta años antes había nacido la estrella de Pelé. El sábado, sin embargo, se apagaron muchas otras. Ni una patada, ni un mal gesto de rabia que ocultase decepción. Sólo un estéril tiqui-taca.
 

En el banquillo, Luis marcaba pose de guardia civil venido a menos. Las manos descansando en los bolsillos, la espalda enchepada por la angustia, la mirada traspasando la pelota. El “Niño”, por su parte, prestaba más atención. Solícito, esperanzado, con la fe de aquellos que aún no han perdido la inocencia, desesperaba en el intento.
 

A la salida de un córner cualquiera hacia el final de la noche y el principio del fin, el “Niño” anticipó la jugada.  Como el mejor de los hinchas empujó la pelota con la vista al tiempo que Puyol se elevaba sobre el cielo cerrado de Estocolmo. Gritó gol corrompido por la angustia. Un hilo de voz imberbe hecho mayor; apenas 8 años con un sinfín de sueños por vivir… y por ganar.
 

El esférico no entró. La figura inesperada de un defensa lo impidió. La contra fue casi como un asesinato por la espalda. Veloz, contundente, mortal. El “Niño”, el verdadero “Niño”, preveía el desenlace en cada frase. Quizás fuese la auténtica sabiduría, la propia de la infancia, aquella de la que carecen los que se hacen llamar sabios. “¡Cuidado; corred; abajo!”. Nadie le hizo caso y Allback reventó su sueño con un simple recorte en medio metro. El “Niño” fue el único del bar que lo sintió. El resto, más por viejos que por doctos, conocían el desenlace.
 

Los últimos minutos se los pasó con la cabeza apoyada entre en las manos; los dedos enzarzados con el pelo; los ojos olvidados de la tele. El árbitro pitó el final. La gente del bar Dunys siguió tranquilamente con sus birras. Algunos pagaron hablando de Luis, del futuro, de Lotina. El “Niño” se levantó despacio, mirando al suelo, un pedacito de vida más mayor. Ya nada importaba. España le robó la adolescencia.    


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