Escribo otra vez
para disfrutar y sentirme bien (¿acaso está prohibido reír?). Escribo otra vez para perder el tiempo con placer o acaso para burlarme del reloj. Disfrazándome de intelectual, escribo para entenderme, para encontrar sentido en mi ser, para cohabitar armoniosamente con la soledad o, quizá, para vivir plenamente.
Escribo otra vez para sentirme persona.
Escribo otra vez como cuando juego al fútbol otra vez. No necesito nada: un balón, un intento de portería (los dos árboles en la infancia o las dos camisetas tiradas en el campo) y yo, imaginado quién sabe qué cuentos de el héroe que marca el gol (bellísimo, perfecto) de la victoria.
Escribo otra vez porque me gusta escribir y me gusta el fútbol en su máximo sentido. El placer por el placer, maneras de vivir. Encontrar esa alegría en el juego. Un balón, dar toques al aire, una tarde de verano, los amigos…
Escribo otra vez porque alguna vez entendí que jugar a fútbol es el paraíso.
Y siento el deber de explicarlo, de decirte, lector atento, que leas (¡y escribas!) o cojas un balón y empieces a chutar ante una pared, como hacías entonces cuando sólo querías divertirte.
HISTORIAS DEL ALMA
Un pedacito de vida reposa, tranquilo, en nuestra alma. Un rincón solitario y transparente donde se juntan las historias que nos hicieron ser mayores antes de desearlo de verdad: los besos que no pudimos entregar, las caricias que el tacto no sintió, la fragancia suave del recuerdo que extingue la memoria. Es ahí, probablemente, donde Dámaso Ruíz Tintoré entremezcla bufandas y casullas, puchos con estolas, el azul sobre blanco de su equipo con el blanco sobre lila de liturgia.
‘Dámaso Perico’ conoce como pocos el cemento gris oscuro del antiguo Sarría. Allí desarrolló en la década de los 90 una ferviente pasión hacia el Espanyol que tradujo en sombrero de copa y camisesta blanquiazules acompañados por un bombo que percutía al ritmo de los goles de su equipo. Una mística que algunos domingos desbordaba, arrolladora, empujándole a vestir como un torero, un astronauta, un superhéroe. Lo que fuese con tal de animar a su Espanyol.
Hoy la liturgía ya no tiene lugar en Sarriá. Ni en Cornellá. Su voz suena pausada en la Parroquia de San Salvador de Horta, en Poble-Sec, donde los fieles atienden en silencio al Padre Dámaso. Allí, en un barrio de la montaña mágica, el sacerdote pronuncia una homilía casi mística: “Algunos de vosotros sois, igual que yo, aficionados del Español. Ayer la cosa no fue muy bien dada (1 a 5 del Barça). Pero precisamente esta misa puede ayudarnos un poquito a reponernos de lo de ayer. Preparemos y cuidemos nuestras almas para evitar recibir goleadas espirituales”. Pues eso, el alma y su rinconcito solitario y transparente. Dios y el fútbol. ¿Quién da más?
NEGRA SOMBRA
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No tienen corazón. Qué mala pata. Y al escribir estas tres palabras me pregunto a quién se las dirijo. Intuyo una primera sombra portuguesa, un fado mal sonante, encabritado, que termina con cuatro bofetadas. Secas. Sórdidas. Violentas. De esas que sellan con rojo incandescente una piel fría que dibuja lágrimas y surcos.
Un poco más allá, más oscura que esa negra sombra portuguesa, percibo otro problema. La apatía. O el desgaste. Imposible pensar en desunión en un grupo que nos ha hecho tan felices. Las piernas pagan la carrera desbocada del dinero, de un calendario con fechas irreales, que te obliga a jugar en México, Argentina o Portugal bajo el estúpido argumento de la estrella, de la cantidad de generaciones que han esperado el momento de defender un título mundial. O de empañarlo. ¿Hasta cuándo aguantará el talón de Xavi, plasma enriquecido ya incluido? ¿Hasta cuándo las piernas de Busquets, Pedro, Silva, Xabi Alonso, Casillas, Villa o Sergio Ramos? ¿Acaso vale cuatro perras la salvaguarda de una copa que tanto ha costado conseguir?
Villar y compañía deberían reflexionar. Tal vez sea tarde. Puede que los rivales hayan perdido en dos partidos el temor infundido en cuatro años. No obstante, vale la pena intentarlo. Nada de innecesarios amistosos. Quien quiera desafiar a nuestra estrella, que espere cuatro años. Nosotros aguardamos siete décadas.
Sin nombre
Pensé que debía escribir subyugado el primer arrojo, consciente por completo tras el indómito huracán de emociones consentidas. Locura, placer, éxtasis, deleite, algazara, regocijo, satisfacción. Gozo. Millares de jornadas en las que los sueños lograban eclipsar la realidad, con el sol de verano desdibujándose tras el folio invisible del poniente, o con la lluvia siseando silenciosa entre los andares solitarios del invierno. La piel tersa de la infancia; las negras espinillas ensartadas entre pelos irrisorios de un mostacho adolescente; las canas que luchan por salir. Veintiocho años de bostezos.
Y sin embargo, debo hacerlo ante la imposibilidad de acallar tales recuerdos. Debo escribir porque aquel cuento persigue mi memoria desde entonces. Fueron ocho goles. Villa recibe escorado y comienza una carrera aprendida en Tuilla entre adoquines, eficaz e inconformista, no muy bella. Honduras. Un disparo, un rechace, nuevo gol. Honduras. Y con la zurda, de primeras, encuentra una vía insospechada. Chile. Iniesta golpea con su putt. Chile. Xavi prolonga con la espuela y Villa, siempre Villa, la pega y le rebota. Portugal. Palo, rechace, palo, palo, gol. Paragüay. Soberbio, Puyol. Alemania. Iniesta, sutil y violento al mismo tiempo. Holanda.
Y yo que quieren que les diga. Pues eso, que sigo llorando al recordarlo.
RECUERDOS DESTINADOS AL FRACASO
La suerte te puede escupir a cualquier hora. Incluso tres años antes de que nazcas. Algo que, sin duda, denota síntomas futuros, esperanzas cortadas de raíz, en ese momento indefinido en el que lo bueno puede acabar siendo malo, y lo malo todavía peor.
Aquella tarde lucía el sol. Digo todo esto por lo que pude llegar a componer más adelante, cuando ya balbucía tres palabras, cuatro gritos y alguna idea atropellada. La jugada aceleró pulso y ritmo al mismo tiempo; el balón cayó destemplado de derecha a izquierda, a un lugar intrascendente, destinado a perderse entre murmullos. No fue así. Santillana, siempre atento, se elevó por encima de los negros centrales brasileños, atlético, poderoso, atemporal, y sirvió con la cabeza sobre la llegada de Cardeñosa. El portero, vencido también por Santillana, no existía. El zurdo sevillano lo tenía todo. Gol de Cardeñosa. El destino debía reservarle ese jodido hueco a un futbolista capaz de renunciar a una millonaria oferta del Barça por seguir a su Betis de Primera a Segunda, y otra vez a Primera. El puto no gol de Cardeñosa. El origen de todo.
Cuatro años después, en casa, de anfitriones, recibimos tan bien a los rivales que a las dos semanas ya apoyaban los pies, descalzos y sucios, sobre la mesa de centro del salón.
Después llegó el gol desgarrado de Señor, en el breve suspiro final de un mal partido. Prórroga y penaltis contra Bélgica. Antes, en octavos, había nacido un mito. Butagreño hizo cuatro y jugó como los ángeles, infinito, invisible pero real. Debió tocar la bola cinco veces. Qué más da.
En el 90, en Italia, dos bostezos y tres goles contra la antigua Yugoslavia. Setenta y ocho; ochenta y tres; noventa y dos. Uno a cero. Uno a uno. Dos a uno. Go home para volver a intentarlo en USA, en el primer mundial publicitario de la historia, contra la Italia de Sacchi, de Baresi, de Baggio… y de Tassoti con su codo, con su ira, con la sangre corriendo entre los labios, una nariz desfigurada, un alma rota, la de cuarenta millones de españoles.
En Francia, Zubizarreta hubiese merecido mejor suerte. Pero aquel centro infantil se escurrió entre sus dedos de la misma forma que el fracaso se adueñaba, palmo a palmo, de nuestra historia de vencidos, redondeada, ya en Corea, por un mal árbitro y once pares de ojos achinados que semejaban correr como el diablo.
Francia fue el último verdugo. A quién le importa. Quizás sólo son recuerdos que se pegan a la memoria como motas de polvo que, tal vez, al agitarlas viajen para siempre hasta el olvido. Una cadena de desencuentros antes de que el destino nos devuelva lo que es nuestro. El 11 de julio. Johannesburgo. No se lo pierdan.
HASTÍO
Una terrible sensación de hastío me invade cada año en estas fechas. Las mismas en las que el Madrid lleva más de un lustro perdiendo sus octavos de final. Porque eso, y sólo eso, es lo que hace: perder. No humillarse. No flagelarse. No envanecerse estúpidamente antes de doblar la rodilla de forma inmisericorde o agachar la cabeza ante el peso de una prepotencia inexistente. No. Simplemente, pierde. Porque esa es el alma que habita en cualquier juego: la posibilidad de vencer o caer.
Ahora bien, cabe preguntarse por qué la sensación es justo esa, la de humillarse, flagelarse, envanecerse o bajar brazos y cabeza tras haber resultado prepotentes. ¿Quiénes? ¿La plantilla o la prensa de Madrid? Yo diría que la prensa, incapaz de asumir que esto es un juego, once contra once en noventa minutos de liturgia donde nada tienen que ver los fastos veraniegos de desmelenadas presentaciones orilladas de esperanza.
Tampoco influye la inversión. O sí. Hoy, 250 millones de euros después, nadie debería dudar de que el Madrid es infinitamente más equipo que hace un año. Y, sin embargo, ha vuelto a caer en los octavos. Convendría aquí apuntar que Calderón invirtió durante su mandato más de 300 millones de euros para confeccionar una plantilla que se humilló en el Camp Nou, incapaz de pasar el medio campo, y fue humillada en el Bernabeu cuando quiso exponer lo que no había: fútbol. O que el Barcelona de Laporta de este año ha dilapidado más de ciento veinte millones de euros en fichajes de dudoso rédito (Chigrinsky, Zlatan -¡50 milllones más Etoó!-, Keirrison y Enrique-).
Pero mucho más importante que el dinero es el tiempo, capaz de dar, como dijo Cervantes, muchas salidas a múltiples dificultades. El Barcelona de Cruyff, que hace veinte años inició una senda que hoy transita, holgadamente, Guardiola, estaba al borde del colapso dos años después de la llegada del holandés. Una Copa del Rey de última hora salvó al técnico y permitió al Barça gozar de su período más glorioso, tres Copas de Europa incluidas. El Milan de Sacchi cayó frente al Espanyol en Copa de la UEFA antes de asombrar al mundo con un pressing inigualable en los tres cuartos y una perfecta línea defensiva gobernada con maestría por Baressi. El Manchester de Fergurson tardó siete años en alcanzar su primer título. Si a alguien le preguntasen por una escuadra capaz de definir el fútbol moderno en las últimas décadas, la respuesta se hallaría entre estas tres.
¿Qué debe hacer, pues, el Madrid? Darle tiempo a Pelegrini. Tal vez así algunos descubran que Victor Hugo tenía razón: “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”.
QUIEN LO VIVIÓ, LO SABE
Al final, créanme, todo se reduce al dinero. Un jodido fajo de papeles arrugados y sobados por el tiempo y la avaricia. Algo abstracto, indeterminado, en una sociedad moderna que idolatro ídolos pasados. La soberbia de los ojos o la cocupiscencia de la carne.
Y por eso somos grandes o pequeños; nacemos aburguesados o paupérrimos; sonreimos o lloramos a la vida. No hay más. Al menos, en un plano material de la existencia. Y ese, el material, es el único que importa y nos importa cuando la pelota se pone en movimiento.
Forlán corre de un modo parecido a como debe hacerlo el diablo en el infierno, impenitente, perturbado, excitado por los hedores de almas putrefactas que gotean e inflaman cada esquina. Los ojos hundidos sobre pómulos excelsos, la mirada confundida con las flechas, el cabello rubio contenido por una goma negra de sudor, la lengua endurecida como cuero acartonado entre los dientes. Es rápido, instintivo, un asesino. Una ocasión, un gol. Por eso vale treinta kilos.
El Celta, este Celta, no alcanza ya esas cifras ni sumando todos los activos de su hinchada. Hoy es pobre donde ayer anidaban los nichos del orgullo. La antigua tez verde suavizada por la lluvia de su estadio ha cedido ante el empuje de los hongos. Las gradas se ennegrecen, vacías, silenciosas, acumulando polvo y soledad.
Pese a todo, es bastante más equipo que el Atlético. En conceptos, por supuesto. Defensa adelantada, líneas juntos, movilidad e intercambio en el ataque, tres medios de creación alternando posiciones en el eganche. Fútbol moderno, ya me entienden. Eso, más un puñado de chavales de la casa, basta para que la gente crea en los milagros. Como este de la Copa que duró lo que duró. Qué más da. Lo cierto es que la hinchada recuperó sus sensaciones. Y su fé. A fin de cuentas, el equipo es lo primero que uno elige en esta vida.
Y es para siempre. Algunos dirán que sólo fue un sueño al comprobar que las penurias de Segunda devoran los éxitos pasados. No. Fue, sigue siendo, cierto. Quien lo vivió, lo sabe.
EL CRÉDITO DE LOS PROSCRITOS
Mucho han cambiado las cosas en una tierra que parece girar más que de costumbre, a ingentes velocidades que provocan náuseas y mareos. Problemas de la modernidad, paradigma del progreso. El tiempo no existe. Y la metáfora perfecta es el Madrid. No hay estilo definido, tampoco paciencia. No hay un patrón de juego, tampoco calma.
La llegada de Pelegrini hizo sospechar un cambio de modelo. Lo primero que se puede extraer de la nueva travesía del chileno se desglosa de su primera rueda de prensa. ¿Se siente un segundo plato? “Uno en esta vida es lo suficientemente humilde como para saber que un club de la grandeza del Madrid no maneja una sola opción para su equipo”. Genial. A partir de ahí, trabajo e inteligencia. ¿O acaso había de sentar en el banquillo, sin previo análisis, a todos aquellos que en los tres últimos años habían contribuido a ganar dos ligas para el Club? Los necios responden que sí. Y necios, por desgracia, sobran en el periodismo deportivo actual, en donde muchos trazan estúpidas flechas sobre pizarras virtuales.
Los comienzos del Ingeniero –término empleado con desprecio por muchos redactores, como si ser ingeniero en un país donde hay ministros bachilleres fuese algo despectivo- resultaron agridulces. Introdujo a los nuevos y mantuvo los galones de aquellos que habían batallado en mil peleas. Y el equipo funcionó; o al menos eso dicen las siete victorias iniciales en la Liga. Ello sin renunciar a la elaboración de una idea moderna del fútbol, sin jugadores fijos en las bandas –que no significa renunciar a ellas-, con movilidad en el ataque, con presión y defensa adelantada.
Después, poco a poco, tocó equilibrar el guión: menos delanteros y más centrocampistas, hasta alcanzar un Madrid que, ahora sí, comienza a agradar a todo el mundo. No obstante, por el camino algunos escribieron que, pasase lo que pasase, Pellegrini ya había fracasado. Y ahora, más cerca de la meta, esconden los méritos del Ingeniero en su adaptación a lo que ellos propugnaban. Burdos ignorantes. Ese es el crédito que conceden a los proscritos.
Un reportaje de domingo en el sofá. La historia de Salgado, el niño que golpeaba de puntera en el destartalado futbito de las Nieves. Entonces, hace tiempo, una dorada bacinilla encimaba la cara de aquel crío. La sonrisa siempre igual. Años después, con el rostro fruncido por la vida y el estrés post traumático moderno, o neno saludaba al Bernabeu rodeado de trofeos.
En el medio, una historia de amores imposibles con imágenes que se suceden en la cámara: debut en Primera con el Celta, partido memorable en Villa Park. Garra, sudor, alguna flema escupida en el recuerdo. Un once de esos que los abuelos tararean a sus nietos en noches borrachas de nostalgia: Dutruel, Salgado, Cáceres, Djorovic, Berges, Mazinho, Makelele, Karpin, Mostovoi, Revivo, Penev.
¿Qué nos ha pasado? No lo sé. Ni me interesa. Eso es lo malo. Ahora, no mucho después, con Salgado aún corriendo por una banda cualquiera de Inglaterra, el Celta se pelea por un pedacito de mierda en la Segunda. Neruda tenía razón: “Nosotros los de entonces ya no somos los mismos”.
Las felicidades
“La gente se ríe cuando digo que el fútbol es de las tres o cuatro cosas que producen más felicidad. Te falla tu mujer, tus amigos, tus hijos, le fallas tú a tu mujer, a tus padres, te falla todo… pero el fútbol no. El fútbol genera entusiasmo. Y el tren del entusiasmo no para en ninguna estación. El de la esperanza, sí. El del optimismo, también. El del entusiasmo no para jamás”.
Así habla uno de los maestros de la imagen. José Luis Garci, cineasta de voz ronca, barba estudiada de tres días (una máscara de cinismo que busca la verdad), arrugas onduladas en la frente. Y goyas. Y un casi óscar. Y You’re the one, Tiovivo C. 1950 y Ninnete o Historia de un beso. ¡Qué grande es el cine!, y qué grande es el fútbol, debe pensar. Atlético empedernido, sinónimo de sufrimiento desbocado y desesperanza eterna. Futbolero de domingos por la tarde.
Nos habla del fútbol en una entrevista veraniega. La leo en el sofá. Me hago un resumen mental: fútbol-felicidad-todo al carajo- el fútbol como entusiasmo… ¿y algo a qué desesperadamente agarrarnos?
El fútbol, bonito deporte que ilumina la vida, palabras para encetar una conversación de posibles silencios criminales, anécdotas para reír un sábado de sobremesa, nueve meses de medicamento continuado, como el suero de los enfermos. Nos cura.
Pero amanece el verano. Y el balón desaparece, agotado. Letras y más letras, rumores, fotos y fotomontajes cutres de la prensa intentan mantenernos despiertos.
Qué quieren que les diga. Todo el verano sin fútbol. Y no me ha pasado nada. De acuerdo, había mono, por qué negarlo. Pero ya hemos empezado de nuevo y el fútbol me lleva, cuál tonto sin motivos, a reorganizar mi agenda según los partidos. Perdóneme, pero es así. Más dolores de cabeza, por si no tenía suficiente.
¡Claro que lo disfruto! ¡Claro que me apasiona cuando el fútbol se inspira en el arte! Soy un enamorado de la belleza del balón, aunque la busco aunque no la encuentre. Y sin fútbol también he sido feliz. Claro que genera entusiasmo, pero si tu equipo pierde, el entusiasmo te importa un carajo. Y no todos pueden ganar. Así que calculo que la mitad de la población sufre depresiones y tristezas profundas los fines de semana. La otra, un mínimo aliento para emprender la nueva semana.
Así que el fútbol nos ayuda. ¡Claro! pero lejos de él también se encuentra otra felicidad. Quizá más completa y duradera.
La muerte, como buena hija de perra, aparece casi siempre por sorpresa. De figura luctuosa y cavernaria, muy oscura, imprevisible pero cierta, susurra entre silencios de la vida. Los prolonga. A destiempo, a contrapelo; y sin querer quiere atrapar por cualquier lado un alma que trincar con la guadaña.
Turno para Jarque. Capitán del Espanyol desde hace un mes, la muerte, como buena hija de perra, apareció por sorpresa en la habitación de un hotel cualquiera de Florencia. Sólo, apenas acompañado por el hilo de voz de su novia embarazada que sonaba también sola en el teléfono, Daniel Jarque murió a los 26 de un repentino ataque al corazón. Quizás pensando en la tierra prometida de Cornellá después de tantos años desterrados en Montjuic. O quizás, quien sabe, recordando aquel patadón sin sentido, impropio de un central con tanta clase, que se convirtió en el pase más bello jamás soñado. Un chupinazo que voló sesenta metros hasta caer, tras dos rechaces, en los pies de su amigo Corominas. Gol y Lotina de rodillas, incrédulo tras agarrar con los dedos el milagro de la salvación.
La muerte, como buena hija de perra, prefiere cobrarse pronto a los que más amamos. Por eso, la muy cabrona cerró los ojos de Puerta hace dos años. Y por eso lo intentó con De la Red hace diez meses. Porque ellos, como Jarque, son canteranos, capaces de renunciar a un buen contrato por el club que llevan dentro. Fieles hasta la muerte, paradójico destino que hoy aprieta. No debemos olvidarlo ni olvidarlos.
ILUSIONES CERCANAS
Una sombra más en la cola del INEM. Pipas, uñas y bostezos. El tedio trimestral de cualquier día. Un personaje sin nombre, porque demasiadas identidades invisibles se ajustan a ese tipo de persona. Las iras de la crisis.
Una chica triste y abatida. Por lo que sea. Un día de mierda en el trabajo. O un suspenso si es que es joven. O algo más trascendente que se enlace con la vida y con la muerte. Lo que quieran. Soledad en una sonrisa inexistente.
Un mocoso mochilero hacia la escuela. Aburrimiento. Discusiones, tal vez, en el hogar. La mente convulsa y sin respuestas. Compañeros que se ríen y se mofan, ignorantes, inconscientes, de la eterna procesión de la desdicha, que camina dentro, muy adentro, en un sitio al que llaman las entrañas.
Un jubilado de los de boina y puro matinal, café a las doce y paseo pizpireto entre las brisas. Ansioso y cansado de vivir al mismo tiempo. Triste y feliz por todo eso.
Un puñado de historias personales, muy trascendentes, que hoy sonríen porque juegan por la tarde. A las nueve menos cuarto en el Olímpico. Es sólo fútbol. Pero cuántas ilusiones que se acercan.
UNA DE NOSTALGIAS
Hablan de la final de los millones el día previo a que el balón con estrellas de la Champions acapare las miradas y los himnos. A un lado, con la impasible marcialidad inglesa de estos tiempos, acelerará cuando crea que ha de hacerlo el United. Al otro, soñando sin vergüenza con alcanzar la perfección, se fijará el Barça.
En resumen, un puñado de famosos superhéroes que, en la soledad del vestuario, cuando el agua de la ducha ahoga las victorias o fracasos, muestran siempre su cara más humana. La de niños todos ellos que crecieron con un padre esforzado y una madre abnegada, llevados por el bendito arrebato de los sueños infantiles. Cristiano, Andrés, Wayne, Carlos, Lionel o Carles dirimirán en Roma el cetro europeo deslumbrados por las luces de los flashes que, durante noventa minutos de esperpento, los convertirán en mitos de nombre más creíble: Ronaldo, Iniesta, Rooney, Tévez, Messi o Puyol.
Quién sabe. Quizás tengan razón. Pero durante todo ese tiempo ellos mantendrán la nostalgia de los suyos, pelearán cada centímetro de césped con una imagen cercana en la retina. Y así, creerán, impacientes, que la llave del éxito se muestra más cercana. Ojalá en medio de todo este arrebato de pasiones no olviden lo más importante: están allí y son lo que son porque el fútbol no es más que un espectáculo. Y sobre todo un espectáculo: “Función o diversión pública celebrada en un teatro, en un circo o en cualquier otro edificio o lugar en que se congrega la gente para presenciarla”.
Yo, no sé ustedes, también siento nostalgia: hacia aquellas finales que mi abuelo susurraba a la vera de una buena lumbre entre el oscuro silencio de las sombras. Siete a dos. Cinco a cuatro. Tres a seis. O lo que quieran. Espero acabar con la nostalgia.
REFLEXIONES
Aún duele pensarlo. Una pequeña sensación de angustia que invade el cuerpo desde la cintura hasta la nuez. Por dentro. Como ganas de llorar sin verter lágrimas. Y mientras tanto, ya en frío, pasan lentos los minutos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… No hay reproche para aquellos capaces de jugar con los milagros. De alimentar una ilusión inaccesible aun conscientes del trágico final. Corrieron como hombres, y alcanzaron la suerte de morir de esa manera. Y, pese a todo, lo hicieron humillados.
El cruel destino del fútbol, siempre justo con quienes eligen la pelota. Con los que la tratan, la miman, la acarician, la desean por encima de cualquier otra cosa intrascendente: el físico, la garra, el resultado. El Madrid abre los ojos tras reventar contra la tierra y sufrir un daño irreversible: el honor manchado para siempre. Y, sin embargo, insisto, esos chicos que nos hicieron creer en lo imposible no tienen la culpa. Si quieren condenar a alguien, miren más arriba. Los de abajo entregaron más de lo que se les podía pedir. Derrocharon tanto orgullo durante unos meses de locura, que despertaron al terrible lobo azulgrana de colmillos afilados y suave ejecución. El Barcelona no paró: arremetió sin piedad, tal vez consciente de que esa, y sólo esa, era la única forma de tumbar a un rival de locura paranoica. Bendita enajenación pese al 2-6. Otros, confiesan, hubiesen preferido entregar la Liga en febrero y haber ganado el clásico uno a cero, ante un Barça, entonces, plagado de suplentes. Hombres carentes de orgullo. Y de fe.
Ahora hablan de Florentino y los fichajes. Falta hacen. El mejor club del siglo XX necesita un mundo de talento. Pero, sin embargo, bien harían en no olvidar jamás a una plantilla mediocre que, pese a todo, hizo soñar con lo imposible. Ese es el espíritu del Madrid. Auque esta vez carecieron de talento.
PINCELADAS
Si partimos de la fundamental premisa de que el fútbol es arte, deberemos convenir, cuando menos, que arroja un sinfín de pinceladas por minuto. A veces, meros borrones, simples imperfecciones de lo humano, que aspirando a ser mejor apenas alcanza a emponzoñar lo bello. Sucedió en el Bernabeu, cuando los corazones alcanzaban el viejo tópico de las 180 pulsaciones por minuto, lugar común para resumir la ausencia de cabeza en una acción. Entonces, Pepe, el chico musculoso de piernas como muelles, siempre atento y sonriente, cambió el pincel por la brocha, y para desgracia de todos y de todo, olvidó la pureza del balón prefiriendo centrarse, en un arrebato temporal, en patear el cuerpo de Casquero tendido sobre el piso. Locura transitoria e inaudita. Buena gente con miserias, como todos, capaz de ensuciar algo muy épico: la enésima resistencia a la muerte de un equipo falto de talento pero sobrado de cojones, con perdón.
Como épico y bello es el esfuerzo de los pobres. Del Sporting. Nada tienen y tampoco nada piden. Ningún empate, pero suman las victorias suficientes como para soñar de cerca con Primera. En medio de este intempestivo caminar, un viejo amigo visitó el hogar. Se le abrieron las puertas, se le recibió como sólo se recibe a los reyes cuando arrojan sobre sí ese áurea de misterio que porta la realeza, se le dieron las gracias por haber nacido allí y no olvidarlo jamás. Villa cruzaba su viaje con aquel amado Sporting de la infancia, por fin en Primera tantísimos años después. Por desgracia, el destino, que es una puta vieja y arapienta, decidió reservarle un penalti ante los suyos. Lo pegó como siempre, al palo y confiado, y mientras marcaba el gol de la victoria deseo morir por un instante. Por supuesto, no lo celebró.
Mientras tanto, ajeno a todo esto, un pequeño manchego de tez pálida sigue dibujando su poesía. Iniesta no es real; ni tan siquiera los dibujos animados podrían hacer un futbolista así, capaz de ser rápido siendo lento, inquebrantable siendo débil, genial llamándose Andrés. Una dulce pincelada de la Liga.


