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Al final, créanme, todo se reduce al dinero. Un jodido fajo de papeles arrugados y sobados por el tiempo y la avaricia. Algo abstracto, indeterminado, en una sociedad moderna que idolatro ídolos pasados. La soberbia de los ojos o la cocupiscencia de la carne.

Y por eso somos grandes o pequeños; nacemos aburguesados o paupérrimos; sonreimos o lloramos a la vida. No hay más. Al menos, en un plano material de la existencia. Y ese, el material, es el único que importa y nos importa cuando la pelota se pone en movimiento.

Forlán corre de un modo parecido a como debe hacerlo el diablo en el infierno, impenitente, perturbado, excitado por los hedores de almas putrefactas que gotean e inflaman cada esquina. Los ojos hundidos sobre pómulos excelsos, la mirada confundida con las flechas, el cabello rubio contenido por una goma negra de sudor, la lengua endurecida como cuero acartonado entre los dientes. Es rápido, instintivo, un asesino. Una ocasión, un gol. Por eso vale treinta kilos.

El Celta, este Celta, no alcanza ya esas cifras ni sumando todos los activos de su hinchada. Hoy es pobre donde ayer anidaban los nichos del orgullo. La antigua tez verde suavizada por la lluvia de su estadio ha cedido ante el empuje de los hongos. Las gradas se ennegrecen, vacías, silenciosas, acumulando polvo y soledad.

Pese a todo, es bastante más equipo que el Atlético. En conceptos, por supuesto. Defensa adelantada, líneas juntos, movilidad e intercambio en el ataque, tres medios de creación alternando posiciones en el eganche. Fútbol moderno, ya me entienden. Eso, más un puñado de chavales de la casa, basta para que la gente crea en los milagros. Como este de la Copa que duró lo que duró. Qué más da. Lo cierto es que la hinchada recuperó sus sensaciones. Y su fé. A fin de cuentas, el equipo es lo primero que uno elige en esta vida.

Y es para siempre. Algunos dirán que sólo fue un sueño al comprobar que las penurias de Segunda devoran los éxitos pasados. No. Fue, sigue siendo, cierto. Quien lo vivió, lo sabe.

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