El Gol

29Jul08

Cada quince días, el hincha inicia la ceremonia que lo lleva al templo. Despacio, anda alrededor del Coliseum, ataviado con la bufanda y la camiseta de su equipo. Luce colores, orgulloso de ser estandarte de una larga historia, que partido a partido y gol a gol va engrandeciéndose.

Saluda a sus camaradas con palabras de esperanza e ilusión.

- Hoy venceremos. Hoy sí. Los pasaremos por la piedra.

Sueña con una victoria que enderece el rumbo de su propia vida. Sueña con ganar, aunque sea por 1 a 0. Suplica por celebrar un gol, porque está convencido de que abandonar el estadio sin cantar un gol es como ir a cenar fuera sin saborear una copa de vino.

El Calendario

21Jul08

Las bolas van girando, revoloteándose una encima de la otra, asfixiándose entre un jarrón de cristal puro. La mano de un hombre agarra violentamente una de esas bolas de un amarillo solar. La ilusión y el anarquismo vuelven a la realidad. La sorpresa se inmola para adorar al dios ateo del cálculo.

Que las teles mandan, oye, piensan mientras esbozan sonrisas ante los zooms.

Y así el clásico cae año tras año en las mismas fechas, como la rutina amorosa de una pareja sin futuro. Otra pastilla hipnotizadora más que nos inyectan los celestiales del dios ateo del cálculo. Y el calendario apenas esconde escalofríos de horror. Nada de grupo de la muerte. Sólo un largo recorrido insulso por el sol, la noche, la nieve y las flores de primavera.

Que las teles mandan, oye, y en tiempos de crisis, hay que perfilar el blanco del dinero, piensan mientras esbozan sonrisas ante los zooms.

Viva el hombre, sí, pero el hombre no es Dios. Ciegos, la derrota de Babel se va actualizando siempre, que aunque lejos ya en el tiempo, se resiste a desfallecer, como nos gustaría a los mundanos.

Gracias a Dios, porque sólo así es posible que un joven trabajador (no es un obrero, no, es un mediocre mandado de oficina que sólo anhela la jubilación para que sea la enfermedad y su cuerpo desecho quienes le impidan vivir y no la voz insolente y autoritaria del jefe), se levante muy de madrugada para asistir puntual a su cita con el ordenador. Retumba el despertador. De ojos achinados, cabeza dispersa, y un sueño de mejicano en plena siesta, el abnegado joven abre el periódico con el café y se tope con el detalle del nuevo calendario futbolístico.

El camino solitario hacia la estación de tren se transforma en una conversación con un amigo inesperado. Una imaginación, un sueño, un lápiz que escribe un futuro imprevisible, donde su equipo, chiquitito, debutará en la división de plata en un campo de Primera, a la otra punta de la península.

Anhela un resultado fantasma, el David que vence a un Goliat apático, pero después, mientras espera a que el semáforo se ponga verde, retrocede y piensa que un empate a dos goles ya sería bueno. Buenísimo.

Después de vivir y morir a cada instante para llenar por completo veintiséis años de espera, todos los que él había vivido; después de agravar la voz en cada grito, en cada gol, en cada uy, hasta dejarla ronca y amargada, casi muda; después de sudar, de encalvecer, de fibrilar, de reír, de llorar y de sufrir, de aguantar, de empujar, de tener fe, de confiar, de esperar y de saber, de apoyar, de resistir y hasta de amar; después de todo eso, el hincha levitó. Un día después dobla la camiseta, besa el escudo. Una lágrima recorre su pupila. El deber cumplido.  

La niebla surge apelmazada, compacta, agarrándose con fuerza a los lindes de la senda en esa zona donde los quitamiedos carecen de sentido. En la montaña de Asturias, las nubes pocas veces ceden el paso a la alegría, al sol que caliente los hogares y complace los espíritus. A esos rayos que nos hacen un pedacito de vida más alegres. Todo surge grisáceo y melancólico, la historia de un pueblo amamantado por las minas.

Tuilla no es una excepción. Muchos son los que han desafiado a la oscuridad con un casco y una linterna intermitente que ilumina dos metros de pared, de cueva, de ruta por andar en la mismas entrañas de la sierra. A fin de cuentas, poco importa ese polvillo que desgarra en silencio los pulmones si tus hijos no tienen que comer. Y de eso, del hambre y la existencia, en Asturias saben mucho. También en Tuilla.

Allí cohabitan 1.500 paisanos que respiran y comparten rutinas, ajetreos y problemas. Mañanas y tardes en la mina. Despedidas de jornada en un buen bar, al calor de los amigos y la sidra buscando desgarrar en cada trago las penas de un mundo de mayores. Los niños, mientras tanto, pelotean en un patio de colegio eternamente mojado por la lluvia. Cemento gris y zapatos desgastados. En el Regino Menéndez, las porterías se pintan en azul y grana sobre las paredes de los fondos. Villa lo sabe bien. En ellas goleó desde pequeño.

Ya adulto sigue igual. Un tanto detrás de otro. Y en cada celebración la misma cara, los mismos ojos sinceros, humildes y tranquilos que destilan una sencillez inusual, aprendida, sin duda, en su infancia del Regino. Volverá tras la Eurocopa. Siempre vuelve. Y una vez más lo hará con la mejor de sus sonrisas. Mientras tanto, allí, en Tuilla, en su casa, seguirán acompañándole en cada acción, en cada instante, en cada gol, aguardando poder gritar con él. Toma, toma, toma.     

¡Felices cien!

04Jun08

Un amigo mío repite a menudo que el viaje más largo empieza con un pequeño paso. No me atrevo a asegurar que sean literalmente sus palabras, pero creo que sugieren la esencia de la idea.

Y así es. Hace ya más de un año y medio, en concreto en diciembre de 2006, cuando el Revulsivo empezó a correr. Al principio peleaba Javi solo, escribiendo contra la adversidad, hasta que entre que me dio pena, y él me animó para salir de mi letargo anímico, decidí echarle una mano el día antes de Reyes. Y hoy estamos de enhorabuena.

Porque este post, el artículo menos futbolístico y literario (mezcla peligrosa) y el más rebelde con la idea extraña y peligrosa del blog, es el número 100. Pero por un día demos descanso a la imaginación, dejemos que vuele más allá del fútbol, y escriba de otras andanzas en esta humilde efeméride de celebración.

Ahora es cuando me acuerdo de todos vosotros. De los que han entrado por casualidad desde cualquier ordenador del mundo (y que no conozco), de los conocidos que han husmeado por aquí cuando no saben qué hacer, de los familiares que han aguantado nuestras tenaces insistencias para que nos visitaran, de los amigos que deshacen su agenda para leernos a menudo y de todos aquellos que su primer ritual de todos los días es ver si hemos actualizado el blog. Y, por supuesto, los que dejan pistas suyas en los comentarios alegres (¡287!) que teclean.

Y queremos cumplir muchos cien post más. Porque la carpeta donde guardo ideas, artículos de prensa o textos posibles para inspirar el revulsivo está a punto de reventar. Y en nevera tengo más de cuarenta títulos e ideas preparadas para salir al horno. No se las puede llevar el viento.

Pero básicamente, porque recuerdo a mí tío, que en paz descanse, diciéndome entre risas cuando le hablaba del blog: “tú te la pasas bien, ¿eh?”. Porque disfrutamos como niños escribiendo en el revulsivo vale la pena seguir esta aventura.

Así que ¡felices cien a todos!

AMORES PERROS

02Jun08

Como un perro amor de juventud que, a la conclusión de la vida, la ha colmado por completo. Así es España. Así es su fútbol. Harto de maldecir, lloré sin lágrimas con el declinar de una tarde de junio de 2006, la del 28. Ese día fue Francia, como antes lo habían sido Italia, Inglaterra, Yugoslavia y hasta Corea. Tantas y tantas tardes apuñaladas en los cuartos de final de un gran torneo. Tantos y tantos sueños por vivir. La decepción que empalaga la jornada, la lengua que se seca entre los dientes, solitaria, hasta convertirse casi en un trozo de cuero putrefacto. Escalofríos en el decaer del crepúsculo. Y las lágrimas que no brotan. Porque no quieren, porque no pueden, porque no saben.

Porque ansían, en el fondo, que dos años después la historia cambie. Y aquí estoy de nuevo  con ese amor jodido de la infancia. Con España.  

ni fu ni fa

31May08

El hincha sufre estoicamente, con la paciencia ardua de una madre, por ver una linda jugadita, por amor de Dios. La liga se eterniza, año a año. Un ciclo vital: nacimiento en agosto, ilusión que precipita el fin de las vacaciones (y las discusiones conyugales); se desarrolla en la cotidianidad del otoño y del invierno, cuando el hincha agita sus planes como un trapecista profesional:

Retrasa de hora la cena (¿podríamos salir a eso de las diez, no?), altera de día la excursión (¿mejor el primer sábado de julio, no?), anda al templo del balón a verlo en directo, lo sufre en casa sorteando el zapping de su mujer (siempre en busca de concursos zafios), o se va al bar, para tragar con los amigos de viejas fatigas la espuma y el alcohol de las miserias de sus héroes cada vez más destronados.

Porque el futbolista capaz de alegrar una existencia ya no se encuentra. Los que por naturaleza pueden, don del talento, matan su creatividad aburriéndose con la pizarra o los tacos criminales de los militares de la zaga enemiga.

Y el hincha, cada vez más deshinchado, sin imaginación, lo duele durante la semana. Ni en el bus, ni en el metro, o parado en un semáforo, puede rememorar o exaltarse con la alegría de la belleza en la jugada: la pared, el cambio de juego, el control, el centro al área, el remate de cabeza precioso al palo largo, y el griterío de la gente, ensordecedor, que te salta la chispa de la vida.

Corren los meses y el hincha vive como un fantasma. Su equipo juega a nada y para nada, domingo tras domingo, y ya pasó la pasión de todo. En la tele, los encuentros son ni fu ni fa, sinónimo de indiferencia, antónimo de delirio. Goles de subasta, lindas jugaditas por amor de Dios que no llegan hasta que los clubes ya no disputan nada.

Y el hincha mira el reloj, va a empezar otro partido. Vive ya exhausto y desencantado. Sus hijos, hipnotizados por el ordenador, se han vendido al equipo campeón de turno. Se acomoda en el sofá al lado de su mujer, y le pasa el brazo por el hombro. Desliza su dedo por el mando, buscando el  canal del concurso zafio. Lentamente, mientras su mujer le sugiere unas vacaciones en el balneario de no sabe donde, su cuerpo va encogiéndose, y la cabeza se ladea buscando cobijo en el brazo de su mujer. Entonces, empiezan los ronquidos largos y potentes.

Las lágrimas

23May08

Llovía en las islas, bajo un cielo de nubes frondosas, gama variopinta de tonos azulados. El chubasco demoró el inicio del acto. El reloj simbolizaba una tortuga, y tropezaba el tiempo. El público buscaba donde no empaparse. El hincha permanecía de pie, en su localidad. Músculos en tensión, alma histérica.

La cámara congeló su imagen. Sólo se fijaba en ella. En ese momento, nítidamente, fue robándole la intimidad. Todo el país vio su rostro. El pelo rubio rizado le caía alegre por sus pechos; se abrigaba con una sudadera de chándal negra de cremallera con tres franjas rojas que descendían como cascadas por sus brazos.  Sus mejillas blancas estaban coloreadas con el azul y blanco, la identidad de su equipo, de sus amores, de su vida. En su muñeca derecha, llevaba atada, como si fueran las manillas de un preso, una bufanda azul y blanco, que se balanceaba en el aire frío.  

Señoras y señoras, el drama está a punto de empezar. ¿O acaso es una comedia? Desconecten sus móviles. El prólogo es sencillo: un silbato del juez de negro, y el balón ya rueda, quema, en los pies de los jugadores. Lejos de casa, en una isla perdida. Dos equipos. El local lucha por conquistar Europa. El visitante, manantial de poder muy añejo, pelea por sobrevivir con los mejores. Sólo vale ganar para no arruinarse en el purgatorio, cuál viaje de Dante, perdido, divagando, sin conocer el regreso con los grandes, tal Ulises en su retorno eterno a Ítaca.

Pero dejo que la historia camine por si sola. Pitó finalmente el colegiado. Rugía la lluvia y se electrizaban las pulsaciones. Cayó pronto un gol en contra, como un balazo. Al descanso, expiraba la esperanza, pero un balón colgado al aire, suave, lo remató la fe, y botó delante del  portero- Goool. Volvían los sueños. 1 a 1. Las cosas en su sitio, el grande que se salvaba. Pero una imprecisión defensiva, y el negro la coló por la escuadra con la frente. 2 a 1. Horror. Sin rumbo, perdidos, derrotados, el equipo se lanzó al ataque.

Y entonces llegó la catarata de impotencia. El llanto arrugado del vacío, las lágrimas que consuelan el escudo del equipo de sus amores que la joven de pelo rubio rizado lleva cosida en su pecho. Un gol a la contra, tres contra tres, pared, pase de la muerte, y toque suave a la red. Una belleza si no fuera porque también significaba el fin de los sueños. Dos astros de ventaja. Imposible. La visita a Caronte. El descenso del azul y blanco a un infierno, con los mediocres.

La cámara difuminó el desastre en el césped y la buscó en la grada. La enfocó, la observó, y compartió con la joven de pelo rubio rizado su calvario. Con la consciencia tranquila, y con su cuerpo empapado de las lágrimas que caían del cielo y las que huían de sus ojos, chilló desesperada a los jugadores que creía, hasta ese momento, suyos:

- ¡Mercenarios! ¡Mercenarios! ¡Mercenarios!

La lavadora

14May08

La lavadora resiste heroicamente los avances energéticos del progreso electrónico. Seguramente, este vetusto pero bello ejemplar nació en los setenta, fruto de las garras de la pasión del cambio, las nuevas utopías de un mundo mejor y la libertad sin patronos.

Ahora hace la colada en una habitación enana y perdida de un piso reformado, ubicado en el barrio marginal de la ciudad. Es un cuarto desnudo, de paredes blancas. El lugar que los anfitriones pasan de largo cuando enseñan a los amigos su encantador hogar.

Pero esa lavadora pretérita, un trasto de pintura blanca fangosa y de tapa negra, como de chiste, es, como muestra el inquilino de la casa con el gracejo de quién se sabe que trabaja en algo que vale la pena, “lo más importante de la casa. La señora del hogar”.

De miércoles a domingo descansa perezosa, acompañada por la oscuridad del cuarto sin luz. Mientras, los muchachos se esmeran en el pabellón. Convivencia difícil, idiomas de babel, culturas antagónicas. Es el instante de ilusiones en una vida nómada y en apariencia sin futuro. Allí todos quieren ser valientes como sus padres y luchan a muerte en el parqué para impresionar al mister y sudar a peste en el campo. 

Y llega el fin de semana, el olvido de todo para los capitalistas, el renacimiento a la vida de esos mocosos o jóvenes con sus primeros pelos desordenados en la barbilla, que juegan con sus sueños en una cancha de fútbol. Uniformados como los profesionales, de color verde oscuro, pantalón negro y el nombre del equipo grafiteado con los colores del arco iris en el pecho, corren la pelota, ensayan el regate, luchan como soldados e imaginan el gol de la victoria.

En esos momentos, despistan a sus vidas, siempre en busca de migas de pan, y esconden su pasaporte sin origen. Su patria se transforma en el placer de acariciar un balón, cantan todos el mismo himno -milagro de este deporte de obreros- y hablan el mismo lenguaje -indescifrable en las aulas-, del espectáculo. Por un rato, Dios existe, y ellos creen pisar la tierra prometida.   

Y entonces despierta la lavadora. Nada ha pasado, todo sigue igual, pero todo es diferente. La lavadora vieja da vueltas y vueltas, como una noria de feria, y allí, mientras sigue haciéndose mayor, limpia las ilusiones de esos niños inmigrantes para que sus corazones se llenen de sensaciones mucho más inefables.

Un gol furtivo

11May08

Un mediodía gris, triste, de martes.

El jugador apenas acomodó su trasero en el banquillo cuando sus compañeros lo reclamaron al campo a los 10 minutos. Había llegado tarde. Saltó dos o tres veces con fuerza para entrar en calor y entró bailando con el césped sintético con la edad joven a sus pies.

Pronto agarró el balón cerca del corner izquierdo de su defensa. Se giró y topó enfrente con un rival de peinado pijarín. Le hizo un quiebro a la izquierda, perder el balón era delito de gol para su guardameta, que se mordía las uñas. Luego se fue a la derecha, escondiendo la bala blanca.

Garrincheó otra vez más, peinando el balón con la planta del pie derecho, y volvió a la izquierda mientras su cuerpo engañaba al otro lado. Gambeteó más veces, tres, cuatro o quizá cien, el jugador que juega para divertirse, seguro de que no perderá el balón. Un quiebro más, zis zas, a una velocidad endiablada, y el rival se derrumbó al suelo, la pierna derecha hacia la izquierda, y la pierna izquierda a la derecha, como un nudo irresoluble.

Cayó como un castillo de naipes, mientras el elegante jugador lo superó como quién anda por una gran avenida sin gente. Con el balón en los pies, se mofaba por lo que veía como una broma del fútbol. Pobre defensa dúctil. Sabiendo que había hecho su trabajo, que ya podía dejar el partido y dormir profundamente aquella noche, pasó el balón al compañero como si todo fuera un chiste.

Alto como una jirafa, subió al centro del campo y controló la alegría en redondo. La puso al hueco, recta como la aguja de un reloj, y allí botaba y botaba. El delantero, potro indomable, de ademanes pueblerinos, se lanzó a la amante blanca, y al vuelo, de bolea, la reventó al fondo de la red, donde el sol humano quería descansar, con el portero saltando al aire para atajarlo, en imagen fotográfica de payaso sin gracia.

Tres secuencias, tres primerísimos primeros planos, la gracia en la jugada y el gol. Uno de la alocada victoria por 7 a 4. Lo festejaron como los suegros que aprueban a su yerno. El gol, gozo de un mediodía plomizo de martes. Uno de los que se consiguieron, el más lindo, el más perfecto,

Que sólo reviven sus héroes, acaecido en el derbi mayor universitario, porque nadie más vio aquel gol de bella factura que podría haber dado la vuelta el mundo, y que sólo lo añoran burlonamente sus protagonistas tiempo después, risas y risas, oda a un acto trascendente de sus vidas.

La niña chapoteaba perezosa en el parque infantil, alumbrado por un sol brumoso de comienzos de verano. Los muelles del caballo chirriaban locamente, adelante y atrás, a un lado y al otro, como un velocista ante la meta, pero estático, siempre estático. Al lado, un pequeño avión privado giraba sobre el eje inmóvil. La niña pasaba de uno a otro indiferente y, a ratos, enfadada, bajaba al suelo. No había arena. No la hay en el siglo XXI. Una falsa goma sintética la recibiría en caso de que en vez de descender por sí misma lo hiciese de forma involuntaria. Nada de sufrimiento. Nada de dolor. Nada de heridas ennegrecidas por la sangre coagulada en la rodilla.

La pequeña caminó hacia el tobogán. Primero descendió de frente. Luego de espaldas. A continuación, cansada e irritada, avanzó unos metros para llegar a la arena y coger un buen puñado de polvo. Lo arrojó sobre el tobogán repitiendo la operación una y otra vez hasta crear un montículo de grava al final de la rampa.

Después sonrió entrañable e inocente, iluminada por la luz matinal que se esparcía sobre el parque. Encantadora. Hasta que decidió empujar a otro rapaz que, al caer sobre una piedra, sintió como la sangre comenzaba a fluir a la altura de su codo. Una herida inapreciable, suficiente para el llanto en la débil conciencia del menor.

A continuación, otra vez el rostro angelical. Aquella adorable mocosa se comportaba como el azar, de una forma caprichosa y admirable, indolente y deliciosa. Como el fútbol.

El fútbol, la fiesta de las gargantas ruidosas, se queda huérfana cuando los gladiadores de nuestro siglo no consiguen despedazar la red. Un 0 a 0 es ausencia de gol, esos gritos de júbilo que ahorran horas de psicólogo. El 0 a 0, símbolo de la modernidad y el progreso (aburrimiento de la vida), es la agonía de la liberación de las tensiones contenidas.

El 0 a 0, dos enormes caras de bobo, también puede ser un juego luchado y precioso aunque falte el gol, fiesta y música del fútbol. El auténtico hincha celebra las jugadas de museo, los regates de delfines, las galopadas de leopardo o los pases de cigüeña, aunque se vuelven humo humano si no engullen la red.

Humo blanco, símbolo de esperanza, que premia el esfuerzo y la perseverancia, porque tarde o temprano exaltará los ánimos del gol, creador de amistades y abrazos magnánimos entre desconocidos que, al caer la noche, recreando la jugada del gol en la mente, encuentran la timidez al darse cuenta de lo fácil que han expresado sus sentimientos más íntimos a seres a los que únicamente les une el amor a unos colores.

La gente le llamó cola de vaca. Nombre vulgar para un regate esgrimido con la precisión de un cirujano. Una danza con el balón adormecido sobre el interior de la bota, acurrucado, como un gato que juega en el ovillo, como el niño en las faldas de su madre. Una vez más, O Baixinho soñó con los pies.

Siempre lo hizo. En Barcelona o en Eindhoven. En Valencia. En Río mucho antes. En aquellas chabolas de Janeiro donde aprendió a driblar la mala suerte y a esquivar el hambre, donde borracho de desgracias se hizo mayor antes de tiempo. Los pies húmedos, descalzos, el barro que se escurre entre los dedos. Pero también la samba. Y las cinturas desnudas intuidas por la noche, perfiladas. Todo junto dio un futbolista de película. De dibujos animados.

Nunca fue rápido. Pero con ese ritmo de pachanga sumó 1.002 goles. O eso dicen. Qué más da. No lo recordaremos por sus cifras. Lo haremos por su magia, por su arte, por ese no sé qué que devoraba cada palmo de terreno que pisaba.

Ahora nos deja. Se acabó. Es como un final malo de película, uno de esos que se funden hasta el negro sin dar explicaciones. Un corte de meada monstruoso. Se despide como entró. Con su mirada perdida en el olvido. Con su sonrisa de nostalgias ya vividas. Con sus patas abiertas, arqueadas, deformes ya de tanto concebir cómo plasmar con sus botas lo que su mente anhelaba a diario.   

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El Madrid ganó con diez un partido intrascendente ante el penúltimo. Esta Liga se escapa por el retrete del water sin que nadie mueva un dedo por limpiarla. Algunos dirán que fue heroico. Con diez se quedó también el Villareal en su visita al Almería. Su vergüenza fue menos torera y su intento de sumar tres puntos se circunscribió a los 90 últimos segundos de un choque insulso, de bostezos. También los habrá que opinen que tuvo mérito lo de los chicos de Pellegrini.

Ambos actos de servicio, ambas peleas desiguales, se produjeron sólo cuatro días después de que el Getafe jugase 115 minutos con uno menos. Cuatro días después de que un equipo de una barriada del sur lograse hacer sentir lo mismo a este extraño país llamado España. Cuatro días después de  haber vestido la vida de azul intenso. Cuatro días después de que el fútbol recordase que es fortuna. Cuatro días después de que el Pato sufriese la eterna soledad de ser portero. Sólo cuatro días después.  

Y todo eso sucedió gracias a una lección inmensa de diez hombres que crecieron en la adversidad y en la derrota hasta ser considerados como héroes. Algunos deberían aprender.

injusticias

12Apr08

El fútbol, teatro real del mundo, suele ser dolorosamente injusto como la vida misma. Tragicomedia romántica, drama con tintes políticos, denuncia social, arte vanguardista. Todo sirve dentro de una cancha de juego.

El fútbol, cruel juego de azar por excelencia, seduce los sentimientos de los anónimos para embaucarlos y beberse el veneno de lo que el populacho creía licor suave.

El fútbol, juego de niños inventado para combatir la depresión y alegrar la alegría, se transformó en lucha psicológica y paros cardiacos. El fútbol, charla fútil y animosa de sobremesa, se alzó hasta los discursos trascendentes sobre el porvenir del ser humano.

El fútbol, última barricada del proletariado para aplastar a los poderosos. El fútbol, esa bala que hiere de muerte a los millonarios. El fútbol, la última épica de la victoria fugaz de los revolucionarios ante los dioses terrenos. Triunfos de Davids paganos que acaban desnudos, desahuciados, engañados por el orden inhumano de la tierra que impone su realidad árida, lastimosa, desesperante.

Como pasó una larga noche de abril en un pequeño coliseo madrileño. El Getafe, equipo de macarras cuidado por un padre danés, hombre elegante. El Geta, bautizo de unas gradas desoladas. El Geta, piropo de obreros. El Geta, once azules de técnica brasileña, garra italiana e ilusión inglesa, se engrandece con un presupuesto de comprar pipas.

Con diez, los tres trallazos del Geta los celebró hasta Beckenbauer y Khan, el ogro nórdico, aplaudía su retirada entendiendo la idiosincrasia de ser portero: abatido, maniquí e impotente ante la belleza del gol, celebración apoteósica del fútbol.

Pero entonces, en la prórroga y con un Bayern de residuos tóxicos, el Pato, apodo de arquero con nombre de poeta maduro, pausado y de mirada melancólica de niño despistado, se tragó un balón colgado al área. Le pasó por debajo las piernas como en el recreo del cole. El Pato, argentino sinónimo, aquella noche en el país descubridor de su patria, de mártir, penitente y bufón de corte.
Así murió el Geta. El último gol del Bayern confirmó la frase que el fútbol siempre ganan los alemanes. Y así, una vez más, el sueño de unos chavales de barrio que reunieron 9,4 millones de espectadores ante la pantalla y retrasaron la emisión del estreno de temporada de la serie de moda se fue hinchando, hinchando hasta que reventó exagerando hiperbólicamente el desastre y el sin sentido de las injusticias que ocurren en un trozo de césped, expresión fidedigna de esa vida.